El Titanic español


Hoy, 15 de abril, se cumplen 108 años del hundimiento del Titanic, una desgracia en la que fallecieron 1.500 personas. La velocidad del barco, dirían los expertos, había sido excesiva para corregir el rumbo al avistar el iceberg. Tenían prisa, pues la compañía comercial White Star Line había insistido en que se cumpliera estrictamente el horario estipulado.

El capitán Edward Smith, para que no lo tildaran de capitán a posteriori, se hundió con el barco; porque uno puede estar en manos de auténticos ineptos, pero siempre, aún en las catástrofes, hay espacio para la dignidad individual.

El naufragio del Titanic es una analogía aceptable de los tiempos en que vivimos. En una última sima de bajeza moral, hay políticos de todo pelaje utilizando como arma arrojadiza a los miles de muertos, personas con nombres y apellidos. Pero lo hacen desde el puerto, junto a las oficinas de la White Star Line, junto al almacén de respiradores. En el barco solo vamos nosotros, los que no tenemos ni preferencia en las listas, ni mascarillas, ni test, ni barcos.

Más vale honra sin buques que buques sin honra. Tendremos que cuidarnos entre los pasajeros, quedarnos al lado de los músicos de la orquesta e intentar aprender de Ben Guggenheim, el millonario que la noche en que se hundió el Titanic cedió su plaza en el bote, se puso el frac y una flor en el ojal y ayudó a ancianos y niños.

Los supervivientes al llegar a puerto narraron las últimas palabras que dijo Ben al despedirse de las lanchas salvavidas: «Ben Guggenheim morirá hoy como lo que es, un caballero».

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