Curar la gripe


La semana pasada tuve un trancazo como un demonio. Qué mal lo pasé. Me acordé de los años en los que la gripe era un motivo de alegría: no ibas al cole, te preparaban una sopa, un zumito y tu mamá te mima. Los tiempos en que, como Guti, eras la eterna promesa y te tenían entre algodones. Lamentablemente, ya ni eterno ni promesa y hay responsabilidades que cumplir.

Para la gripe hace falta resignación, beber líquido y todo el reposo que se pueda. Mentalmente es agotadora, el malestar no permite pensar ni disfrutar de nada. No recuerdo qué filósofo decía que es imposible hacer filosofía con un dolor de muelas; el sentimiento es ese. Si la madera tuviese gripe, nunca descubriría que puede convertirse en un violín.

Lo único que me apetecía en esos días febriles era concentrarme en cuántas veces tendría que levantar un lote de seis cartones de leche para igualar lo que pesa el Sol. Si hubiese levantado 10.000 paquetes al día desde el origen del universo -hace unos 14.000 millones de años-, hoy aún no iría ni por la mitad del peso del astro. Es un dato que me ayuda a pensar que quizás yo no esté tan gordo.

Si has llegado leyendo hasta aquí, estás de suerte, te revelaré el auténtico secreto para curar la gripe, lo que la industria farmacéutica y los illuminatti no quieren que sepas: lo que más y mejor funciona para ponerse bueno es… ¡quejarse! Sí. Agarra a alguien que te quiera y laméntate mucho y bien. Tres veces al día, cada seis horas. Dar esa pena ligera es algo que los ácidos nucleicos de los virus no soportan. Ay, qué malito estuve, pero qué bien me sentó quejarme.

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