La cena de Frinsa


Que la cena de Frinsa es un evento popular en la comunidad barbanzana es algo innegable. Cuando era más joven y más adicto a las relaciones sociales solía pedirles a los amigos que trabajaban allí que me hablaran de ella. Resonaba en esa cena un eco mitológico, un Valhalla con don Ramiro ejerciendo de Odín. Sorteos, manjares, tacones, carpas, vino… No podía maravillarme más, siempre me fascinan los sitios a los que no puedo ir.

Es lugar propicio para el amor. Probablemente esa cena ha forjado más parejas que First Dates, aunque algunas fueran solo por una noche. El amor está bastante bien, porque a veces necesitamos que nos quieran para querernos. Y también necesitamos sonreír saboreando el espejismo de que nuestra vida no va a derramarse como los cántaros de la lechera. Ya hay demasiadas noches tristes en el año, esta no, esta se baila.

Eso sí, ojo con la cena que se vuelve desayuno. Recuerdo lo que me contó un colega que, tras la cena de Frinsa, llegó a casa el domingo por la noche. La mujer, sin rastro de él, exigió que le jurase por su madre que no había estado con otra, que no le mintiese. «Y claro, tío, ya sabes que soy legal y se lo juré. Vamos, que se mosqueó por la deshora, pero me perdonó porque, al menos, no la había engañado. Al poco la dejé y me fui con la chica de la cena. ¡Hombre, imagínate, podría haber muerto mi madre y ella solo se preocupaba de si mentía!».

Ahora no está con ninguna. Ellas se hicieron amigas y si les sacas el tema te dicen lo mismo que me decía su madre: es un vago y un cabrón.

De grandes cenas están las abogacías llenas.

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