La pela es la pela


El mes de noviembre ardió en Barcelona. La muchachada nui de los ninots indepes recibió autorización para celebrar las fallas el día de Difuntos. Prendió fuego a la noche y cortó las autopistas que unen España con Europa, justo los días que el oprobioso Estado Español mandó a su ejército motorizado, la panzerwaffe nazi, disfrazado de cabreados camioneros, con sus bodegas llenas de tesoros robados en los campos de melones andaluces y naranjas valencianas, ocultando las intenciones de conquistar Catalonia bajo el manto de surtir Europa de mercancías españolas.

Los ultras recibieron el apoyo exterior de agentes rusos -¡madre mía qué novela!­- para usar las redes sociales como medio de convocatoria para organizar asaltos lanzadera al aeropuerto, a la comisaría de policía o a la Delegación de Gobierno, eso sí, con servidores sitos en paraísos fiscales para no pagar impuestos a la pérfida España.

Cuando pedías explicaciones a los amigos indepes ultranacional-sindicalistas te contestaban con un «no entendéis nada», para añadir que en los conflictos siempre hay víctimas inocentes porque es el precio a pagar por la libertad. El Gobierno se puso de perfil, repartiendo estopa a derecha e izquierda, pero permitiendo, tolerando o consintiendo las algaradas. ¿Alguien se imagina a los obreros de Alcoa cerrando la Universidad, los institutos, el Parlamento, la autopista o asaltando los aeropuertos con el beneplácito de las autoridades, por muy legítimas que sean sus reivindicaciones?

Pero hete aquí que habló Seat, anunciando el posible traslado de sus instalaciones a Portugal, que conllevaría el paro para más de 160.000 trabajadores. Primero respondieron los sindicatos rechazando que eso fuera posible, más tarde los políticos del proceso acusando a la Seat de interferir en el conflicto, finalmente los del Tsunami, que amenazaron con llevar a cabo una ocupación patriótica de sus instalaciones.

Como en un cuento infantil, por arte de birlibirloque, de la noche a la mañana, el conflicto fallero se apagó sin necesidad de bomberos. Los señoritos malcriados en el supremacismo y la xenofobia a todo lo español, pero de la que llevan viviendo 200 años las 200 familias que controlan Cataluña y se enriquecen a nuestra costa, desde el proteccionismo para las telas y aguardientes catalanas impuesto por el Borbón de Fernando VII y su ministro Ballesteros, continuando con el amparo franquista a la subvención a las exportaciones a Matesa, siguiendo con la implantación del 3 % pujolista como recargo patriótico a cualquier actividad social comercial o financiera realizada en Cataluña en compensación al esfuerzo moral de permitirnos seguir considerando aquella región como parte de España, pusieron fin al botellón político en seco y de forma inmediata. «Roma -en este caso, Seat- locuta, causa finita».

Una minoría de catalanes no nos quiere. La solución ya la anticipó el viejo profesor Tierno Galván: a veces la mejor manera de solucionar un problema es entender que no existe y por ende no tiene solución. ¿Acaso en cada familia no tenemos un cuñado toca toca, que a pesar de todo lo invitamos a la cena de Nochebuena?.

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