Rosalía y yo


Lija y terciopelo

Tengo puesto de tono despertador un tema de Rosalía. Malamente, tra, tra. Cuando suena, me despierto y le pregunto a Rosalía que qué tal ha dormido. Dice que bien, me pongo a desayunar y sale Rosalía en la tele, resulta que ha contestado no sé qué a VOX, que ha ganado tres gramos o tres Grammys y que es portada en la Rolling Stone. No hice mucho caso, la verdad, porque le estaba enviando unos wasaps a Rosalía.

En la panadería le pido a Rosalía una barra de pan. De camino a casa pienso que Rosalía solo debería hacer colaboraciones con Rosalía, porque ahora se junta con gente sin mucho talento, como la actual Rosalía, y saca canciones genéricas alejadas de su discazo El mal querer. Todo mejorará al recuperar ella el poder creativo de su obra dentro de 30 años, cuando las discográficas la saquen del tarro de formol, saciadas ya de exprimir la Rosalía de los huevos de oro.

Hojeo el libro de Rosalía y yo de Rosalía, que tiene un principio precioso: Rosalía es pequeña, peluda, suave; tan blanda por fuera, que se diría toda de algodón, que no lleva huesos. Solo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual escarabajos de cristal negro… Y, mientras pienso que Rosalía ya me ha gustado más de lo que me gusta, decido ir con Rosalía a comer a un restaurante.

Me atiende Rosalía. «¿Qué va a querer el señor?», dice. Póngame el menú del día, o mejor aún, el menú del año. «¿Le gusta Rosalía?», me pregunta. Claro, ¿y a quién no?, le respondo. Así que Rosalía me mete un embudo por la boca y me dice, «le vamos a meter, señor, deliciosa Rosalía hasta que reviente».

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