El consejo de Valle-Inclán


Lija y terciopelo

Cuando viví en Madrid cometí el error de acudir a reuniones literarias de supuestos poetas emergentes. Era fácil que aquel mundillo de bohemia y pose afectada fascinara a un chaval como yo: idólatra y de pueblo. Esas personas, que escribían poemas dolorosísimos, bebían absenta como cosacos. Pensaba que era porque su tremenda sensibilidad les hacía insoportable el peso de la existencia. Pero no, era porque aguantar aquellos peñazos sobrio sería un infierno.

Reconozco que participé en ese teatrillo endogámico, «qué versos tan sublimes, Jack». Se trataba de aplaudir todo, de dar coba, de verse reflejado en unos espejos tan cóncavos que la imagen que devolvieran a nuestra pupila fuera la de grandes literatos. Ni siquiera me sorprendió que, al acabar la reunión, quedabas con uno y ponía a parir a los demás: «Todo lo que escriben es fango; tú y yo, en cambio...».

Hoy, leyendo a Barea, recordé lo que no me atreví a hacer. Barea osó discrepar públicamente con Valle-Inclán cuando este último ya era presidente del Ateneo de Madrid, un acto que algunos tacharían de herejía sirvió para que Valle se acercase a decirle: «No venga más por aquí. Si quiere ser escritor, quédese en casa y estudie… usted se imagina que le estoy insultando, pero se equivoca. No lo conozco, pero me merece mejor opinión que los que están aquí aplaudiendo como bobos. Por eso le digo, no venga a estas tertulias. Siga con su trabajo, y si quiere usted escribir, escriba. De aquí solo va a sacar, como mucho, un puesto de chupatintas y la mala costumbre de tragarse todos los insultos».

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