Talento versus curro


Leí un ensayo esta semana que trataba sobre ser un escritor fracasado. Era una retahíla de tópicos transitados por nosotros, los Bukowskis de Hacendado: el alcohol, la derrota (derrotas donde realmente no se pierde nada), la soledad, la vanagloria, el vacío creativo, los rechazos editoriales… Ese imaginario fascinante del «mira qué incomprendidito soy», pero con bello envoltorio. Cuando no tienes a alguien que te quiere lo suficiente para decirte: «Chico, no eres especial», te lo acaba diciendo el mundo, y el mundo tiene una voz de buhonero con herpes y alambre de espino que te besuquea en cada herida abierta.

Uno no se despierta un día con resaca, coge un folio y sangra versos luminosos. No. Ni Picasso nació cubista. Primero tuvo que dominar el clasicismo, la técnica; aprender, esforzarse. Miles de veces. Reconócelo, el poema que escribiste al llegar de marcha sobre una chica que te rechazó no es trágico, es malo. Y es un cliché más viejo que el páncreas.

Desgraciadamente, el arte tiene menos de inspiración de lo que nos prometieron. No hay que beber tanto, no hay que vivir tanto. Hay que quitarle romanticismo y darle un toque prosaico, casi funcionarial. ¿Quieres escribir bien? Tómalo como un trabajo.

William Faulkner, el Nobel de literatura, decía que solo escribía cuando estaba inspirado, pero que por suerte estaba inspirado todos los días a las siete de la mañana. Seguramente era mentira, porque era un beodo empedernido y a las siete estaría durmiendo la mona, pero la idea es útil. A esa hora odiarás escribir pero, con el tiempo, amarás haber escrito.

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