Funerales


Brexit, juicio al Procés, policía política, populismos varios… No. Hoy he decidido no hablar de cosas triviales. Los asuntos enunciados, comparados con la muerte y lo que a tal acontecimiento rodea, no dejan de ser una nimiedad. En refuerzo de tal aseveración, y de lo poco serio que resulta, tal que ahora, seguir el pueril juego de los políticos, recuerdo el título de aquella obra best seller del mayo francés: «No le digas a mi madre que estoy metido en política… ella piensa que soy pianista en una casa de putas». 

Por eso, intentaré aportar algo que, cuando menos, pueda servir para aliviar los dramáticos sentimientos por los que pasan sus deudos cuando a alguien querido se lo lleva la muerte. Y digo muerte, porque los eufemismos tales como óbito, deceso, tránsito y un largo etcétera solo sirven para enmascarar una realidad. La realidad más cierta de que dispone el ser humano. Por eso, ante tamaña certeza, no puede haber eufemismos. Esos los podemos utilizar -dicho sea de paso, aunque no quería hablar de ello- para calificar a ciertos partidos políticos de los que sabemos que son impresentables, innecesarios, intolerantes y dañinos para la convivencia. Es decir, para no ofenderlos podemos utilizar los eufemismos correspondientes y llamarles extrema izquierda o extrema derecha.

Pero a lo que iba; pues ya queda dicho que no quiero hablar de cosas sin importancia. Así que les contaré algo muy personal acerca de los funerales. Verán:

Suelo asistir a cuantos entierros mi amplio tiempo libre lo permite. Entro en la iglesia y nunca me quedo en los atrios (excepto en Ribeira, en donde se hacen los funerales al revés). Y, en mi caso, lo de entrar en la iglesia durante la misa funeral de corpore insepulto no es cuestión de fe, sino más bien de respeto ante la presencia del muerto y la de sus deudos.

Una vez en el acto litúrgico, trato de escuchar con más atención las palabras del predicador encargado del sermón u homilía que la que habitualmente presto a los falsos predicamentos de los políticos carroñeros que... Bueno, a lo que iba. Resulta que en esas homilías, cuando el muerto es de clase humilde y carece de notoriedad o prestigio social, el cura de turno no habla para nada de quien ha sido en vida el tal Ramón, José, Antonia o Cristina… No. El bueno del rutinario cura se limita a convencernos de las ventajas de ser buenos cristianos a imagen del Redentor. Pero de Francisco o de Amparo, de Ramón o de Cristina, al no tratarse de personas de resonancia social, no dicen nada. Tan solo un breve recuerdo que se limita a pronunciar su nombre. Poca cosa para alguien que solo se muere una vez.

Como asistente habitual a los funerales, no saben cuánto echo de menos unas sencillas palabras, panegíricos o no, hablando del muerto: de su vida, de sus méritos, de sus sacrificios o, cuando menos, recordarnos quien es la persona a la que lloran sus deudos. Algo habrá hecho que sea digno de mención. O algo no habrá podido hacer quién sabe por qué ocultas razones.

No está bien que los curas adquieran la costumbre de los políticos y hablen y hablen sin apenas decir nada que nos haga pensar en el protagonista del funeral, que no es otro que el muerto que tenemos en cuerpo presente.

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