Donde la música duele


Alas siete de la mañana del día de Reyes todos los coches aparcados en el Haley estaban nevados, formaban una manada de lomas blancas, como tumbas. Recordé la noche anterior. Había estado leyendo un cuento de Joyce que narra una cena de Nochebuena en casa de la tía Kate. Se describe la típica comilona: charla política, chistes, brindis y el discurso del protagonista, Gabriel.

Queriendo irse por todo lo alto tras el discurso, Gabriel y su esposa Gretta se disponen a marchar, pero una de las comensales comienza a cantar una clásica canción irlandesa, La joven de Aughrim. Gretta se detiene en el quicio de la puerta y su rostro níveo se descompone. Regresando al hotel con Gabriel, la cara de Gretta continúa en otro tiempo, en otro lugar. Él intenta despertar el interés sexual de su esposa, pero no lo consigue.

La conversación avanza patéticamente hasta que Gretta, rompiendo a llorar, confiesa que existió un joven, Michael Furey, que murió por ella poco después de cantarle La joven de Aughrim una noche bajo la nieve. El pretendiente desafió al frío, saltó de la cama de hospital donde sufría de tuberculosis y fue a cantar al nevado balcón de Gretta. Ella le decía que se iba a morir y él se murió. «¡Puedo ver sus ojos ahí!», exclamó Gretta y se durmió.

Gabriel, celoso, admirando que su esposa después de tantos años aún conservase en el corazón la mirada del joven, va hacia la ventana. Está nevando. La nieve cae sobre la ciudad, sobre el mundo entero; cubre las calles, las vidas, las lomas del cementerio donde yace enterrado Michael Furey y el aparcamiento del Haley.

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