Los jóvenes gilipollas


Ayer fui a cenar con unos amigos, todos en la treintena larga. Qué indignados estaban: ni mis hijos -decían-, ni los adolescentes, ni los niños de hoy ven cine, solo vídeos cortos de Youtube, no les interesan las películas. Y a mí, que a la cuarta copa me vuelvo abogado del diablo, me dio por defender a los muchachos. Busqué analogías entre costumbres actuales y antiguas, hallando correspondencias de fondo que mostraban que solo cambia la superficie y que realmente llevamos siendo igual de gilipollas desde que un mono decidió andar erguido.

Sócrates ya se quejaba de lo degenerados que eran los púberes de su tiempo, y eso que fue maestro de Platón, y este último lo fue de Aristóteles. Lo que nos pasa cuando la treintena no comprende a los chavales es que emerge la sombra de la responsabilidad a traernos incomodidades. Nos da miedo asumir el rol de padres (aún sin serlo) porque, de alguna manera, nos hace dejar de sentirnos jóvenes. Intento mirar con fuerza hacia otro lado, pero por las noches, al lavar los dientes, me siento más extrañamente cerca de la muerte, con la infancia tan lejos como mi sueño de ser poeta y culturista.

Supongo que es normal sentir este rechazo, pero me sorprende que viejos de mi edad despotriquemos contra la juventud y nos hayamos olvidado tan pronto de cómo éramos nosotros mismos a los 16. Esto solo demuestra que, efectivamente, con 16 éramos gilipollas. Con 30 lo seguimos siendo. Y con 50 también lo seremos. Hoy es mi cumple: ni estrella del rock, ni escritor consagrado, ni delantero centro del Madrid, solo gilipollas.

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