Candidatos


Esta semana, mientras conducía, escuché en la radio del coche -de lo poco por lo que la DGT todavía no multa- al recién proclamado candidato de un partido a la alcaldía de una ciudad gallega. No importa cual, tampoco el partido. Podría ser cualquiera, así está el patio. El ufano y lenguaraz aspirante afirmó que su programa se centraría en la ciudad en cuestión, el diálogo y la honradez. Y los cinco minutos que pude aguantar de su intervención se limitaron a dar vueltas a tan brillante programa, componiendo una oda a la imbecilidad difícil de superar.

Al torrijas este, y a otros muchos, sus partidos deberían enseñarles que lo primero es lo lógico, lo segundo se sobrentiende y lo tercero es de obligada observancia. Que en modo alguno se pueden presentar como programa ni como objetivos. Las dos últimas ni tan siquiera como intenciones, pues presupone un punto de partida en ausencia de las mismas. Es penoso el punto de degradación al que ha llegado la actividad política en este o cualquier otro plano. Ni una palabra sobre qué modelo de ciudad defiende, de política social, urbanística o movilidad. O por lo menos qué modelo de gestión plantea o cómo se relacionará con sus conciudadanos. Solo palabras vacías que valen para un roto y un descosido, para derecha e izquierda, para un neoliberal o un ultraconservador.

Una está ya hasta el Triángulo de las Bermudas de que le tomen el pelo, que la consideren lela y que se descojonen en su cara. ¡Curren un poquito! ¡Hablen menos y digan más! Y los ciudadanos dejémonos de ser forofos de unas siglas y exijamos contenido para otorgar nuestro voto.

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