Archienemigos

Estevo Silva Piñeiro SOSPECHOSO HABITUAL

BARBANZA

Son las 7:30 de la mañana del sábado y me encuentro en el salón de casa vencido por uno de mis archienemigos más odiados. No, no tengo a Mariano caminando raro por los pasillos mientras dice tonterías sin sentido, es casi peor: mosquitos. Me consta que somos muchas las personas que sufrimos cuando llega el estío, pero esta mañana estoy especialmente afectado porque todavía no estamos en la peor época de bicherío y ya me veo desterrado por apenas un centímetro de ser vivo.

Hay cosas del verano que me molestan como el calor, el exceso de guiris o las fiestas absurdas (un saludo a los genios que reconvierten ferias medievales en ferias castrexas y a los pobres incautos que compran en sus puestos), pero se les acepta como a la familia política, porque son inherentes a estas fechas. Pero me duele claudicar ante los malditos mosquitos. Aceptaría incluso los nuevos radares de tráfico -los muy cachondos dicen que no son para recaudar dinero- si me prometiesen a cambio el exterminio total de estos insectos. Chupasangres de uno en uno, por favor.

Si creen que exagero solo recuerden ese fino zumbido que se aproxima in crescendo entre las sombras de la noche. Podría tener el motor de un fórmula 1 acelerando al lado y molestarme menos. Me enervan tanto que llego al punto de intentar capturarlos al vuelo en plan señor Miyagi pero sin palillos y solo cuando fracaso en esa lid o bien me levanto en plan exterminador desquiciado zapatilla en mano o me dejo vencer, como ahora, para no despertar a mi compañera que estará siendo el desayuno de ese maldito bicho.

Adoro el otoño.