Muchos palmeros del establishment en forma de políticas/os; obispos; tertulianas/os e incluso algún fiscal pasado de rosca -o de copas- actuaron como de costumbre: que si era una huelga política auspiciada por la extrema izquierda; que si había que hacer huelga a la japonesa; que solo iban a ir cuatro feminazis… Pero comenzó el 8 de marzo y no les quedó más opción que envainársela o esconderse. Desde el minuto uno la huelga feminista fue un éxito total sin precedentes. De nada sirvieron los palos en las ruedas, al contrario. Esta península instalada en la dicotomía perpetua fue esta vez ejemplo y envidia del mundo entero, y todo gracias a nuestras madres, amigas y compañeras.
La cosa fue mucho más allá de reclamar la eliminación de la brecha salarial: hay siglos de cuentas pendientes que saldar. El pasado jueves salieron a la calle junto a nuestras compañeras la memoria de Hipatia de Alejandría, de Emmeline Pankhurst, de Rosa Parks; de Dolores Ibárruri; de Bríxida Muñiz y de tantas y tantas mujeres golpeadas, silenciadas, violadas, secuestradas, asesinadas y mutiladas, que no bastaría un milenio de esclavitud del patriarcado para igualar la balanza.
Afortunadamente, si hemos llegado a este día ha sido porque muchos millones de mujeres valientes -un beso, mamá- jamás se han doblegado ante nadie; nunca han bajado la guardia y siempre han dado la batalla fuese cual fuese el precio a pagar. Ahora permítanme que reconozca que, como todos, soy poseedor de micromachismos que procuraré eliminar comenzando por unirme a esta sentencia: «La revolución será feminista o no será».