H ubo un tiempo en que el rojo era el color del pecado y toda la rojería iba directa al infierno político, so pena de caerle encima el peso abrupto del poder. De hecho, tanto para los nostálgicos de viejo cuño como para los de cuño nuevo, los rojos aún son esos peligrosos elementos que conspiran contra el orden terrenal, ese que acostumbra a emanar del orden divino. Pero desde hace días, el rojo compite, en oscuras intenciones, con un color que siempre había parecido el más inofensivo del universo cromático: el amarillo. Hasta el momento solo era un color chillón con tendencia al histrionismo: excesivo en las prendas, desatado en las fiestas, incompatible con la elegancia y siempre difícil de combinar. Y, para colmo, fue el tinte que adornó la muerte de Molière en plena representación, de manera que incluso arrastraba la mala suerte teatral.
Nunca pareció un color llamado a grandes gestas, ni aspiraba a protagonizar los titulares, no en vano, estaba huérfano de causa. Pero llegaron los tiempos del 155, las cárceles se llenaron de demócratas y los cuerpos de la gente empezaron a lucir lacitos, bufandas, insignias y todo tipo de complementos soleados, convirtiendo el amarillo en el símbolo de la protesta contra la represión.
La rabia contenida de millones de personas, que veían a sus legítimos representantes encarcelados al lado de terroristas, narcotraficantes y otras gentes de bien, no se transmutaba en una rebelión callejera, pero inventaba un sutil gesto para mostrar su indignada protesta. Y raudos salieron los del azul gaviota, felizmente acompañados por los naranjitos de la patria. Aprovechando el Pisuerga de un 155 que se ha convertido en una maza del Gobierno para prohibirlo todo, han decidido que el amarillo también debe perder el derecho de gozar de la luz del día.
Sabíamos que el 155 era un artículo excepcional y por definir, con mucho blanco y poco negro. Pero llegar a imaginar que el PP lo utilizaría para poner en la picota a periodistas y escritores, en peligro de obras de arte e incluso de la protestas ciudadana, eso mera demasiado.