Resignarse


Someterse, entregarse a la voluntad de alguien; conformarse con las adversidades. Estas son algunas definiciones de la RAE sobre el término resignarse. No me negarán que es una palabra muy adecuada para nuestros tiempos, aunque no tiene por qué tener siempre connotaciones negativas.

Reconocer nuestra naturaleza puede ser un modo muy oportuno para enfocar la existencia de otra manera. Resignarse a la adversidad de nuestra mortalidad, al punto y final, debería por lógica motivarnos a exprimir más la vida, pues podría deducirse entonces que resignarse a morir es entregarse a vivir. Digamos pues que para entregarse a vivir plenamente es perentorio dejar de resignarse a muchas otras cosas. Perder el miedo a no ver un nuevo día sin aguardar un paraíso lleno de querubines trompeteros podría significar perder el miedo a quien nos sujeta el metafórico cuello; esa mano de metal forjada en concilios y modernizada en Matrix que afloja solo lo necesario para que podamos seguir respirando, para que sigamos produciendo; para que compremos cosas que no necesitamos y paguemos diezmos e impuestos desmesurados sin percatarnos de que estamos malgastando lo que la fortuna, el destino, o la panspermia nos han dado. Un tal Séneca habló de algo semejante, de un modo más elevado, hace milenios.

Pero vaya, no vamos a ser yo y mis contradicciones los que les digan que deben de hacer con el tiempo que nos quede sobre este planeta. Los segundos de cada quien son de cada cual y si en algo mis tribulaciones de mercadillo les ha ofendido disculpen y encarguen un acto de desagravio en la catedral.

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