Amenazas

Maxi Olariaga LA MARAÑA

BARBANZA

Bien sabe usted como suplica el doliente vals mexicano. Ese ruego terminal que el ranchero humillado bajo el balcón de su amada, canta acompañado por los guitarrones del dolor, bebiéndose el tequila amargo del último desdén. «No me amenaces, no me amenaces». Así me siento yo cada vez que los políticos, desde sus altas galerías abarrotadas de guirnaldas, me llaman gente y me prometen jaulas de oro, ropas de seda, casas de ébano y hospitales de caramelo. Estoy harto de que estos cínicos amantes, conviertan el oro en latón, las ropas en andrajos, las casas en chozas y los hospitales en tanatorios. Mienten y amenazan con agrandar el castigo si, rebeldes, denunciamos sus desmanes. Esa displicencia, ese rictus de desprecio, ese desafuero que cometen hablando de la lluvia de bienes que precipitarán sobre la masa doliente a la que llaman la gente. Esa hipocresía que mata la inocencia con la que nacimos y que ellos han prostituido en el serrallo enfermizo de sus amenazas.

Porque sí. Nos darán oro, leche y miel, pero a cambio exigen nuestra rendición sin condiciones, amenazando con la destrucción de nuestros jardines, de nuestras cosechas, de nuestras pobres canciones. Amenazan, sí, con rebajar aún más los salarios irrisorios. Con limar hasta el tuétano el esqueleto de las pensiones. Con entregar la enseñanza y la sanidad a los especuladores corruptos que todos conocemos. A pisotear con sus botas de diamante a la gente. Amenazan y cumplen. ¡Ay de aquel que muestre sus uñas de viejo león! Servirá de escarmiento, empalado su cadáver, a las puertas de la gran ciudad. Un trofeo más para su putrefacto álbum de amenazas.