A Miguel Francesch

Emilio Sanmamed
Emilio Sanmamed LIJA Y TERCIOPELO

BARBANZA

Su madre y su abuelo Antucho venían a buscarlo en un Ford Fiesta, y como era un poco traste, recuerdo oír a Antucho gritar varias veces: «¡Mighel, vámonos!», porque Miguel quería seguir jugando. Así eran todas las salidas en el colegio Galaxia, tan habituales que uno no puede imaginar cuánto las echará de menos. Las salidas, las guerras de tizas, los tritones, los recreos…

Durante uno de esos recreos, un grupo de chavales habíamos subido al monte adyacente al cole y se nos echó el tiempo encima. Miguel y yo quedamos un poco rezagados, supongo que iríamos hablando de Son Goku o Mijatovic, no lo sé. Lo que sí sé es que llegábamos muy tarde y que él se paró en el medio del camino y dijo: «Mira, ahí hay moras». «¿Moras? Tío que nos van a castigar», le dije. «Sí, pero hay moras», contestó. «Sí, pero hay moras». Yo solo veía el reloj.

Años después nos reencontramos en la peña Estou que Eskacho. Me hablaba como si aún estuviésemos en uno de esos recreos: accesible, tranquilo, sincero, bueno. Sobre todo bueno, de esa bondad innata, no aprendida, que mana de un corazón noble.

Cuento con volver a conversar con él en otro recreo, en otra fanequeira, en otra senda del monte, llegando tarde, con su abuelo llamándolo porque él no quiere dejar de jugar, en otra vida donde no pasen las cosas injustas que pasan en esta, donde todos vuelvan del barco y todos los barcos vuelvan.

Esa es la lección que me dejó Miguel: la vida es dura, tiene momentos desgarradores y tristezas y prisas… «Sí, pero hay moras». Las hay y, como él, no es que hagan más fácil el camino, es que lo hacen mejor.