Fútbol

Maxi Olariaga LA MARAÑA

BARBANZA

Me gusta el fútbol desde niño. Y no he de negar que soy del Barça ni que sufro con los avatares del Celta. Me disgustan los palos que se está llevando el Noia en Tercera División y como todo quisque llevo a un muy cabreado entrenador en la trastienda del alma. No soy de los que me abono a un canal en el que se ven todos los partidos ni pierdo una buena comida ni una mejor conversación por ver el siempre irrepetible partido del siglo. Pero, es cierto, me gusta el fútbol. Jugué de portero en el colegio y en mi treintena, en la liga de fútbol sala que organizaban en Noia las empresas allá por los años ochenta. Les aseguro que no hay puesto más ingrato y menos agradecido. El portero es el indefenso polichinela que se lleva todos los garrotazos. Los astros del ataque pueden fallar goles cantados -varios por partido- pero no así el portero. El infame locutor siempre larga aquello de «el portero pudo hacer más» y el desvalido guardameta se queda solo bajo el larguero que más parece un patíbulo de horca que un marco en el que esculpir la gloria de su nombre.

Ya puede hacer paradas inverosímiles o majestuosos vuelos hasta detener el balón homicida que, ante la menor pifia, el ogro insaciable que habita en la grada, azuzado por los mentores del micrófono, se le echa encima y se lo merienda con patatas fritas. La soledad del portero ante el penalti, título que el poeta Luís García Montero, dio a la famosa novela de Peter Handke, El miedo del portero ante el penalti, es la cruel historia de nuestra vida. Al final, cuando caiga el telón de nuestras horas, como el portero ante el penalti, sentiremos la más espeluznante soledad.