El corazón de octubre


Octubre extiende sus negras alas y de ellas se descuelgan, por maduras, plumas de tristeza. Caen en el fértil terreno que queda entre un latido y el siguiente, germinando en un piano desafinado; al palpar el corazón para ver si sigue ahí suena una cacofonía inarmónica, la triste melodía de octubre. Es en ese momento en el que tanto cuesta ser feliz cuando más me pregunto: ¿Qué es la felicidad?

La felicidad es aquel verano del 94 en la playa de Insuela, el castillo de arena de mi hermana, mamá viéndome nadar, papá metiendo el turbo en el viejo Talbot Horizon. Es el cruasán bien aceitoso, las sábanas limpias, el gol de Isco, sacarse el sujetador, que te toque el número 69 en la charcutería y te rías solo, usar el rascador de espalda, meterse en la ducha con una copa de vino cantando My way de Sinatra, el olor a lluvia, la Ilíada, la Dorna, Odín, Unamuno, Rambo.

La felicidad es no cumplir los propósitos de año nuevo, no verte los abdominales desde que Franco era corneta, no tener que gustar a todo el mundo, trabajar codo a codo con el fracaso hasta perderle el miedo y, en los pubes y pubis más canallas, pedir el whisky como quien pide una daga para matarse.

La felicidad es que al morir no te juzgue San Pedro, sino tú mismo de niño y que ese niño que fuiste le diga al adulto que has sido: «Quizá no seas lo que hubieses querido ser… pero te sigue gustando Superman y cuando ves un columpio vacío quieres correr hacia él… Te perdono». Y así, con las definiciones de felicidad que no salen en el diccionario, vamos matando a los octubres del corazón.

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