Por los que faltan en este día


Celebré el Día Internacional del Trabajo con desgana. No fue por culpa de la precariedad laboral, ni por la desigualdad, ni por la corrupción. Lo sentí así por los cientos de personas que vivieron este día lejos de sus casas y familias. Pensé en ellos, con algunos compartí aula, lápiz y pupitre. Sé de primera mano lo duro que es no poder compartir ciertos momentos con las personas a las que quieres. Desde esta humilde tribuna me gustaría enviarles un sincero abrazo, quizás lo lleguen a necesitar un día que se sientan solos y quieran arrojar la toalla para volver atrás. Os pido que no lo hagáis, seguid demostrando la misma valentía que exhibisteis ese día que cogisteis la maleta para seguir escribiendo vuestro camino lejos de aquí.

Estuvieron en mi cabeza durante toda la mañana, aunque con el paso del tiempo pensé en nosotros, en lo que nos hemos convertido. ¿Por qué hemos dejado que se marchen? ¿Por qué nadie se ha preocupado en que toda esa gente ejerza su profesión aquí? ¿En qué país nos queremos convertir? ¿Para qué formamos a estudiantes en cientos de sectores si luego son Gran Bretaña, Estados Unidos y Alemania quienes siguen creciendo gracias a nuestro capital humano? En un mundo que abandona la sociedad industrial para alcanzar la del conocimiento, ¿por qué no aprovechamos todo lo que nuestros hermanos, amigos y compañeros han aprendido a lo largo de sus vidas?

Estoy seguro de que terminaremos echándolos de menos, tanto que me desgarra el alma cada vez que lo pienso. Cuando descubran una vacuna que dé un paso más en lucha contra el cáncer, cuando creen una empresa que zarandee el sistema o cuando inventen un logaritmo que cambie la informática, será en ese momento cuando los que pudieron mover un dedo y no lo hicieron entenderán la equivocación que cometieron, la tumba que comenzaron a cavar y que puede ser una condena para todos.

Me preocupa que ese diploma que recibe cada chaval cuando termina sus estudios se haya convertido en un papel mojado, en un simple pasaporte para que se marchen a miles de kilómetros de aquí. Para sobreponerme al pesimismo, me quedo con la valentía de todos ellos, mayor a la que han demostrado los responsables de este caos en el que vivimos.

Quizás un día regresemos a la realidad e intentaremos que todos esos compañeros con los que compartimos pupitre vuelvan a casa. Si ocurre, aprovecharé el Primero de Mayo para celebrarlo con una sonrisa, sabedor de que el futuro vuelve a ser nuestro. Mientras tanto, seguiré pensando que cada vez quedan menos motivos para festejar el Día Internacional del Trabajador.

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