León Felipe desgarraba su alma en las zarzas del exilio y nadaba entre dos aguas en el océano de sangre que separaba América de España. Para reivindicarse, para levantarse ante los poderosos, para mirar cara a cara al sol, para sostener en sus manos el peso descarnado de su vida, escribía el verso: «Yo no soy nadie:/ Un hombre con un grito de estopa en la garganta/ y una gota de asfalto en la retina». Aún hoy vagamos todos mudos y ciegos, y así iba y venía León Felipe, el profeta, anunciándonos el horror de los tiempos que cercaban con una descomunal corona de espinas, el mundo tan bello del que procedíamos. «¡Yo no soy nadie!», clamaba León Felipe y el eco de su voz se estrellaba contra los muros de las fortalezas, los puentes levadizos de los palacios y las túnicas púrpuras coronadas con una blasfemia de diamantes y esmeraldas.
A él, y a nosotros, nosotros los que siempre fuimos y seremos nadie, nos tocó catar el sabor áspero del grito silenciado por la espesura sacrílega de la estopa en nuestra garganta. Para todos hubo y hay una gota de asfalto hirviendo que horada como un clavo de azabache nuestra retina y nos ciega convirtiéndonos en el pasatiempo jocoso de los dueños del mundo.
También el astuto Ulises quiso ser nadie por un día y con ello salvó su vida cuando el cíclope Polifemo le preguntó su nombre antes de comenzar a devorar a sus camaradas y dejarlo a él para el postre, Ulises le respondió que su nombre era Nadie. Al gigante le pareció gracioso y aceptó la invitación del héroe para beber el vino que ellos elaborarían para trasegar mientras los digería uno a uno. Tanto hizo beber Ulises a Polifemo, que este se durmió embriagado por el vino nuevo. Lo despertó la muerte de su único ojo cegado por una estaca al rojo vivo. Ulises había huido con los suyos y al pedir Polifemo ayuda a sus hermanos, estos le preguntaron quién le había herido. ¡Nadie! ¡Nadie ha sido! Por eso no le socorrieron y le dejaron dormir la mona lacerado por el dolor en su único ojo abrasado.
La importancia de ser nadie. Eso es lo que adivinó León Felipe en su verso. Y por eso escribió la profecía. «Yo no soy nadie». Los poderosos se quedaron tranquilos y abusaron de nuestras vidas hasta el día de hoy. Como siempre, como cada día de todos los siglos desde que el mundo es mundo. El poeta llegó a tener tal desánimo que escribió: «Me voy. Las ventanas son trampas. Ya no veo la luz? ya no la veo». Y ahora yo que, como León Felipe, siempre creí que no era nadie, acabo de encontrar la redención. El poeta-profeta no había sembrado en vano su era. No había escogido el mejor grano por azar ni había segado en su madurez las espigas más bellas del mundo, el trigo más limpio, el aroma más desafiante.
Blas de Otero, otro poeta-profeta que aún era un mozo cuando León Felipe clamaba la negación de su existencia, leído su testamento, se arrancó la estopa de la garganta y el asfalto de sus retinas y se dejó llevar por la mano de Dios. «Si he sufrido la sed, el hambre, todo/ lo que era mío y resultó ser nada,/ si he segado las sombras en silencio,/ me queda la palabra».
A ti que lees, te lo suplico. En las plazas y frente a los palacios, grita. Grita conmigo por nuestra redención: ¡Me queda la palabra! Y dejaremos de ser nadie.