Desastre

Maxi Olariaga LA MARAÑA

BARBANZA

Sigo a diario, a pesar del hastío de tanta verborrea escupida por mediocres como nunca antes hubo en la política, los avatares de la cosa pública que parecen llevarnos sin remedio al desastre. Se diría que estoy esperando la hora final y no el santo advenimiento, ya que esto último conllevaría una leve esperanza que, con el mando que va y viene en este pelotón de los torpes, he perdido para siempre y sin remedio. En este periódico, ya en julio pasado, titulaba X.?L. Franco Grande su artículo: Fascismos de novo cuño y en dicha columna se quejaba amargamente de cómo, si la ciudadanía no aplicábamos un pronto, severo y contundente aviso, estaban llevándonos al matadero de Bruselas por la vía de la falta de libertades, el trabajo mal pagado, la escasez democrática y el miedo.

«O malo é que, por agora, non se ve que esteamos preparados para opoñernos a esa praga», afirmaba el escritor. Estoy de acuerdo y añado que estos europeístas de boquilla, estos patriotas de quita y pon, ni creen en Europa ni creen en la que ellos dicen es su patria. Este golpe de estado silencioso y sutil que los mercados y sus sicarios están dando en todas las naciones comandados por el generalote Don Dinero (del que ya nos advirtió Quevedo), está a punto de descargar su hachazo final y tan cruel, que comprometerá seriamente el futuro de las generaciones que hereden esta ruleta sarcástica que juegan triunfantes sobre las alfombras de sus ricos salones. Franco Grande se confiesa un europeísta convencido y revela que hay que acabar con Bruselas. «Nunca pensei que honestamente puidera dicir tal cousa», afirma. Yo tampoco. Ya somos dos.