Hubo una vez, en el fin del Cretácico, en que los restos de un hecho fortuito cambiaron de forma traumática el destino de la mayoría de los habitantes de este planeta. Un pedazo ridículo de roca se cruzó en el camino de la Tierra provocando una extinción casi total de sus especies en cuestión de segundos para unos y de siglos para otros. Toda esa materia orgánica y mucha otra, sobre todo marina, pasó a transformarse con el paso de miles demilenios en lo que damos en llamar combustibles fósiles.
Aquel suceso poco probable cambió el devenir de nuestro hogar, de manera desgraciada para los saurios, pero fue vital para aquel pequeño mamífero que sobreviviría y al que otro capricho evolutivo terminó por convertirlo en un bípedo pensante.
Nunca sabremos si aquel diplodocus podría haberse convertido en comercial o si algún velociraptor terminaría presidiendo con dientes de hierro un consejo de administración, pero lo que sí es cierto es que aquellas especies que dieron su vida para que el homo sapiens inventara la rueda forman ahora parte de nuestro combustible. Y se nota. Toda la tristeza y el dolor que aquellas grandes bestias pudieron haber sentido en su fatídico final se han transmutado en el crudo que alimenta nuestras máquinas y envuelve nuestros alimentos.
Se podría decir incluso que, en cierto modo, los dinosaurios siguen gobernando este planeta hoy en día, solo que de una manera más refinada a la anterior. El tiranosaurio ya no engulle presas de un bocado, ahora provoca guerras, polución y eso sí, mucho progreso. Suspiren.