El lunes por la mañana iba rumbo a la meseta leonesa cuando un compañero de trabajo del país vecino me llamó asombrado para preguntarme por el resultado de las elecciones, y de paso cachondearse de mi teoría del cambio generacional. Como el camino hasta Zamora es largo y tedioso tuve tiempo suficiente para explicarle cómo entiendo el país en el que vivimos.
Comencé contándole que España es un país comprensivo, que tras la dictadura, lejos de castigar a los golpistas, fue capaz de hacer a un ministro de Franco padre de la Constitución, diputado, presidente de la Xunta y senador. Una cosa que en otro país de Europa incapacitaría a cualquiera para ejercer un cargo, aquí no es impedimento para nada. Le expuse que el buen español se guía mucho por su refranero popular y que prefiere malo conocido, aunque lo malo sea terriblemente malo y corrupto, siempre que no sea de Venezuela -por cierto, ¿alguien sabe qué ha sido de Venezuela?- o de Grecia.
Continué con que la izquierda, en lugar de ponerse de acuerdo, se dedicó, como siempre, a tirarse los trastos para ver quién es más auténtico, más de izquierdas y más guapo.
Añadí una pizca de brexit y un buen tazón de Maduro servido a diario en las portadas de todos los rotativos y televisiones, y ya puede aparecer el ministro del Interior fabulando complots contra la oposición que no habrá nada que hacer.
«Bueno, al menos jugáis bien al fútbol», me dijo. El martes volvió a llamarme muerto de risa: «Tenías razón, algo sí está cambiando en España. Ahora jugáis de pena».