Quizás sea una mera cuestión cultural, o tal vez nos encontremos ante una consecuencia directa de la idiosincrasia del pueblo gallego que tan bien retrata el anuncio, y su eslogan, de Gadisa que nos anima a salir de nuestras casas para vivir como gallegos haciendo de la parranda una de nuestras señas identitarias. El caso es que, por una u otra razón, ese espíritu de romería tan nuestro no siempre tiene cabida en función del escenario en el que nos movamos. Me refiero, concretamente, a ciertos eventos públicos en donde el respeto por el espectador que tenemos al lado ha de ser mimado de la misma forma que nos gustaría ser tratados a nosotros. Todo esto viene a cuento de lo vivido el sábado en el Rali de Noia. La cosa, está claro, se fue de madre. Y con esto no señalo a vecinos de la comarca, aunque algunos hubo que no se comportaron como debían. Me refiero a un sector de las cerca de 40.000 personas que ocuparon las cunetas de los tramos de competición, y que venían de todas las provincias gallegas y de Portugal. Público que entiende las pruebas de motor, por su larga duración, como la ocasión perfecta para cargar los maleteros de sus coches de comida y bebida como si no hubiera un mañana. Y que luego, a medida que pasan las horas y los botellines de cerveza se van agotando, empiezan a descontrolarse poniendo en riesgo no solo su vida, también el correcto desarrollo del evento en cuestión. Esto, también hay que decirlo, no deja de ser una falta de respeto consumada hacía los organizadores del Rali de Noia, que trabajaron durante meses para tener todo listo y garantizar unas medidas de seguridad que otros se encargaron de quebrantar, así como también es injusto con las cerca de 400 personas que colaboraban, de forma desinteresada, con el desarrollo de la cita para todo saliese bien.
Otra cuestión que deja en evidencia a estos devotos del motor, que confunden lo puramente deportivo con el todo vale, está relacionada con las faltas de respeto que ellos mismos protagonizaron y que tenían como destinatarios a los ya citados voluntarios. Que si «Naranjito», en alusión a los chalecos que vestían, que si insultos malsonantes aludiendo a parientes cercanos, o desobediencia sistemática apelando al «ti non es ninguén para mandarme nada». Y así, con más paciencia que un santo, pasaron el día estos colaboradores altruistas del rali noiés. Lo que sí resulta de justicia es felicitar a los organizadores, ya no solo por ese trabajo previo de organización y comercial que hizo posible la prueba, también por lidiar con estos cafres del motor que mejor sería que la próxima prueba del campeonato gallego de ralis la vieran solos en sus casas para que nadie tenga que aguantar sus faltas sistemáticas de respeto hacía todo lo ajeno.