Ya se acerca el calor y trae con él una de las peores y relativamente nuevas plagas de los últimos años. Una amenaza que prolifera cada temporada a una velocidad mayor entre los concellos de la redonda. No me refiero ni a la peligrosa avispa asiática, ni a los extremadamente feos, a la par que cortos y desconcertantes, pantalones que lucen las adolescentes cuando llegan los primeros rayos de sol. No, la amenaza de la que hablo es más estruendosa y hortera: estoy hablando de las Festas da Xuventude.
Quién nos iba a decir hace al menos una década cuando se inauguraba en Abanqueiro la primera edición de esta fiesta, que se iba a convertir en un entrenamiento a bajo precio para las orquestas de cara a la temporada de verano, en lugar de un festival para los grupos de la zona que es como creo que había nacido. En esta extraña transmutación, no acierto a comprender qué es lo que se celebra, aparte del legítimo lucro del organizador del etílico evento y de las orquestas participantes. Será que ser joven es motivo suficiente para festejar lo que sea.
Mi natural cascarrabias y ver ya tan cercanos los cuarenta hace que me rebele contra estos seudoconciertos y las molestias que acarrean. Es probable que si, en lugar de la Panorama de turno, el concierto fuese de un grupo de rock, alabase la iniciativa y me uniese a ella cerveza en mano. Pero no es el caso; mi juventud hace aguas y supongo que mi entendimiento de los gustos de los chavales de hoy también. Pero eso sí, si esta es la cultura musical imperante en la chavalada, casi mejor me quedo con mis treinta y muchos con una mantita en las rodillas.