Más dura será la caída

Maxi Olariaga MAXIMALIA

BARBANZA

Yo fui de colegio privado. Me hubiera gustado estudiar en la enseñanza pública pero mis padres hicieron, con seguridad, lo que les pareció mejor para mí. Fui alumno interno de un colegio siete años de mi vida; era una casa maravillosa que incluía iglesia, piscina, tres campos de fútbol, un par de canchas de baloncesto, un frontón y lo que hoy llamamos polideportivo en el que yo solía jugar al hockey sobre patines. También había un bosque extenso y profundo en el que buscábamos setas y culebras de cristal que criábamos en los pupitres como mascotas. Se alimentaban con moscas que cazábamos mientras zascandileaban sobre los cristales buscando la salida al mundo libre que se abría al otro lado. Los sábados, después de la cena y alguna tarde de domingo, cuando el Celtiña no jugaba en Balaídos, no se lo van a creer, veíamos cine.

Sí, había una sala de cine dentro del colegio. Era mi lugar preferido. Siempre amé el cine de un modo pasional, casi irracional. Al principio, porque no me costaba nada transferirme desde la silla a la pantalla tan pronto como se apagaba la luz y el león de la Metro rugía como un viento aventurero en la vela blanca que nos iba a llevar a cualquier horizonte solo reservado a soñadores indomables como yo era entonces. Después, según cumplía años cada mayo, las imágenes fueron las que se apoderaron de mí penetrando en mis sienes y acuchillando mis ojos ya no tan inocentes. Recuerdo grandes filmes, grandes actores y actrices, grandes momentos vividos en aquella penumbra en la que solo se oían la música, sus voces y el granizar de las cáscaras de cacahuete sobre el cemento pintado de verde.

Esta mañana, sin más, atronó mi cabeza un puñetazo despiadado. Podía ser un sueño pero sentí un vértigo desnudo y frío y vislumbré mi sangre salpicando la lona de un ring. Sin transición oí la voz de Humphrey Bogart que desde mi rincón, suplicaba: «¡Quieto Toro, no te levantes!». Percibí en su gesto que su dolor era superior al mío. Entonces recordé aquella película que liquidó la primera subasta de mi alma de quince años. Más dura será la caída. Ver aquel filme me llevó a tomarme por primera vez la vida en serio. Se trataba de una historia de corrupción descarnada. Bogart era un periodista de vuelta de todo al que le ofrecen un buen dinero por promocionar a un boxeador argentino, Toro Moreno, gigantesco pero absolutamente inhábil para el boxeo. A base de fraudes y tongos, el inocente boxeador llega a la cima creyéndose invencible. No se daba cuenta de que todo había sido un montaje, una explotación de unos desaprensivos que en el combate final se iban a hacer de oro apostando a favor de su rival. Bogart, a pesar de intentarlo, no puede impedirlo y su pupilo termina en un hospital víctima de una brutal paliza. El gran Boogie decide denunciar el caso y busca que la verdad se conozca.

De esto se trata. Estamos rodeados de corrupción, malas artes, engaños masivos y toda clase de fraudes que nos hacen vivir en el reino de que aquí no pasa nada. O nos rebelamos ahora o, más pronto que tarde, venderán todas y cada una de nuestras almas al mejor postor. Y para entonces, cuando desesperados busquemos a Bogart en nuestro rincón del ring, solo hallaremos el eco de nuestra desesperación descargando en nuestra mandíbula el golpe final.