Con la intención de evitar que los clientes se vayan a las grandes superficies, las organizaciones empresariales prácticamente desarrollan cada fin de semana algún tipo de actividad con la que disuadir al vecino de coger el coche para efectuar las compras lejos del comercio de proximidad. La ocurrencia más cercana fue el Black Friday, viernes negro, que cada año que pasa adquiere más importancia en nuestra sociedad, que lo ha importado de Estados Unidos. Como sistema para llamar la atención de potenciales compradores no está mal, pero uno considera que los comerciantes deberían dedicar más esfuerzos a convencer empleando otros métodos, como la fidelización a través de ventajas para el cliente habitual, el buen trato y la educación, los precios competitivos y la comodidad para favorecer el acercamiento, y el esforzarse más en mejorar y ampliar las promociones propias, al estilo de ferias de oportunidades y saldos como los de antes, en lugar de los sujetos al calendario y a la fuerza de la costumbre.
Las entidades que agrupan a los comerciantes tendrían que hacer más esfuerzos en «educar» al consumidor, para que alguien le explique que comprar lejos de casa acaba resultando más caro de lo que parece, que antes de salir hay que tener en cuenta el gasto que supone el desplazamiento, al que hay que sumar otros costes que van horadando las carteras sin notarlo, y que esta sociedad de consumo es como una rueda que deja de girar si pierde alguno de sus rodamientos, y si para de dar vueltas, no avanza, y ya intuimos como acaba el viaje.
Y así, de sábados a viernes negros, casi sin darnos cuenta, entramos de lleno en la temporada de mayor consumo del año, en la que nos anestesian con luces multicolores, villancicos y los mejores deseos. Lo peor es la sensación de que la Navidad ha perdido el espíritu que iluminaba los ojos de los niños y alegraba a los padres que miraban emocionados las expresivas caras de sus pequeños ante los elementos propios de estas fechas. Ahora los observan con pavor cuando se paran ante el escaparate de móviles, no vaya a ser que se les ocurra pedir el teléfono más moderno o la tableta de última generación utilizando como argumento que su amiguito hace tiempo que tiene el aparatejo con el que chatea con sus papis, separados entre la habitación y la sala.
La suerte del consumo sin control está echada, por lo tanto, señores comerciantes, dejen de exportar cebos americanos. Hay que convencer a través de métodos propios, de proximidad y de buena vecindad. Si a ustedes les va bien, también nos irá bien a todos, ya que la rueda debe girar para avanzar.