Estado de sitio. Estado de guerra. Emergencia nacional. Titulares con fondo negro en las primeras planas de la prensa mundial. Los muertos tan alevosamente, aunque parezca increíble, ya descansan en paz. Jóvenes y no tan jóvenes mezclados con el asfalto turbio y el aluminio de las mesas destrozadas. Algunos miran fijamente por última vez, con sus ojos muertos y helados el cielo de París y en ellos se refleja una constelación de estrellas en la que se adivina la torre Eiffel. Todo está consumado. La ignorancia, la estupidez, la villanía y el fanatismo parecen haber vencido a la razón. Sé bien quién lo ha hecho y los motivos que aduce para hacerlo. Pero, ¿debemos detenernos ahí? ¿Basta un razonamiento tan somero y oponer sin más el odio al odio? Por de pronto, aparte de lo que estén pensando de cara al futuro, los franceses han bombardeado con saña los campos de entrenamiento y arsenales que los atacantes mantienen en el avispero de Siria. Pero eso no puede ser todo. La sangre fría, la reflexión y hasta la humildad pueden hacer que nos acerquemos al nido del que surge esta plaga, esta guerra moderna que imparable estamos sufriendo desde el pasado siglo.
Tengo un amigo árabe y ateo, que reniega del terrorismo y de la guerra. Me dice que estos locos y sus maestros, y también gobernantes de los países árabes, viven anclados en la Edad Media pero tienen a mano los instrumentos de la más avanzada tecnología. Una mezcla explosiva. Me recuerda que nosotros, el mundo cristiano y católico, en el Medievo, organizamos las Sacrosantas Cruzadas y, a sangre y fuego, arruinamos vidas y haciendas en Oriente Medio. Torturamos, matamos e incendiamos cualquier vestigio sagrado de muchos inocentes. Y no éramos precisamente un comando, no. Un ejército de analfabetos dirigido por Reyes y Papas europeos. He aquí la venganza. La historia siempre paga, no hay más que leerla. Es doloroso, pero algo hemos de estar haciendo mal para que jóvenes europeos de ascendencia árabe o no, desahuciados de las oportunidades de empleo y bienestar, se alisten en este ejército del terror y se inmolen sin dudarlo en medio de nuestras calles. Reflexionemos, sí. Reflexionemos.