Éxodo (II)

Maxi Olariaga LA MARAÑA

BARBANZA

El artículo que la pasada semana y bajo el mismo título -Éxodo- publiqué en esta página, tenía y tiene segunda parte. Y, como dice el refranero, nunca segundas partes fueron buenas.

Solo hace una semana, una minucia en el devenir de la historia, y ya hemos visto la consagración de la blasfemia de la humanidad contra sí misma. De las bocas oscuras y sin fondo que albergan nidos de monstruos repugnantes, sí, de las mismas bocas que libremente hemos elegido para que hablen por nosotros, se han despeñado torrentes infectos de frases, palabras, palabras y más palabras.

Las gentes, como siempre más atentas y compasivas que los de la moqueta y sus lacayos del maletín, han llenado las calles de Europa solicitando auxilio para esa ola de humanidad que llega a nuestras fronteras desde oriente y desde el sur. Un niño naufragado como un barquito de papel en la orilla del mar inocente de su vida ha encendido la ruindad de los corazones ahítos de testosterona de quienes nos gobiernan y, después de vernos desfilar bajo la lluvia al pie de las galerías de sus cómodos palacios, han accedido contritos a asilar seres humanos por lotes y a tanto el kilo. ¡Qué desvergüenza!

Me llaman sobre todo la atención los de comunión y misa diaria porque son los que se muestran más duros y reticentes. A más de uno le he oído argumentar que, cuidadín, cuidadín, porque entre los refugiados se mimetizan decenas de terroristas que vienen a bombardear nuestras casas, nuestros trenes y nuestro bienestar. Saben sobradamente que a ningún terrorista, con lo que cuesta su adiestramiento y su estrategia, se le permite arriesgar su vida antes de que cumpla su objetivo, pero ahí queda eso para que cale en la candidez de esta masa de «gente normal» (Rajoy dixit).

Sin embargo, estos mismos, hicieron caso omiso a los miles de personas que llenamos las calles de nuestros pueblos y ciudades cuando alegremente se fueron a prender la mecha del polvorín de Irak. Aquellos, seguramente, aunque éramos miles, no éramos ?gente normal?. He ahí los resultados. Responsabilidad, cero patatero. Sin rubor alguno, el día menos pensado, nos culparán a los ciudadanos de este crimen.