Desde hace años, con los primeros calores, cumplo con la tradición de darme un baño en el mayor número de arenales barbanzanos que puedo. Y también comienza a ser costumbre que cuando le toca el turno a la playa de Barraña jure en arameo y maldiga a cuantos de palabra, obra u omisión consintieron o colaboraron en el mayor atentado medioambiental de la comarca.
Cuando se cumplen catorce años de las primeras gestiones para «regenerar» este espacio de inigualable belleza y estandarte de la oferta estival boirense, una casi se echa a llorar al sufrir las consecuencias de tan nefasta e incompetente actuación.
Lo que en un principio se vendió como un proyecto estratégico acabó finalmente como el ejemplo perfecto de la sinrazón, de la falta de escrúpulos y del desatino político. Es más, creo que esta cagada ambiental sería perfectamente denunciable, por tanto también los responsables de la misma, por delito ecológico. Y de paso es posible que nos enterásemos de los entresijos de un proyecto que partía de casi siete millones de euros y acabó en una adjudicación de cuatro millones trescientos mil, desconociéndose los suplementos.
Como sabrán esta actuación fue ejecutada por la Demarcación de Costas en Galicia, con fondos Feder. En un principio iba a suponer devolver los áridos que las corrientes (según voces autorizadas debido a los cambios provocados en ellas por el muelle de Cabo de Cruz) y temporales habían trasladado de la parte alta del arenal a la parte baja. Ante las protestas de los mariscadores por los supuestos perjuicios que tal actuación les causaría algún fenómeno optó, con la connivencia y el aplauso del gobierno local, por cubrir la arena original de Barraña ¡con guijarros y tierra de cantera! Cuando lo lógico sería, por lo menos, retirarla y volver a depositarla encima del aporte foráneo. El resultado final lo pueden ver -mejor, sufrir- todos los vecinos y visitantes.
Una playa que era emblema de Boiro se ha convertido en una tortura para los pies, se ha perdido una franja de veinte metros infectada por una hierba durísima y el polvo sigue siendo un suplicio a pesar de los años transcurridos. Un esperpento para guardar en el baúl de los horrores y que perjudica seriamente la economía local. Ni que decir tiene que saldría bastante más barato indemnizar a los mariscadores por la pérdida de dos campañas completas.
Pero también hay que recordarle al actual equipo de gobierno local que en su programa electoral del 2011 llevaba arreglar este desaguisado y nunca más se supo. Es posible que las cosas no estén para despilfarros como el que provocó esta lamentable situación, pero es que a día de hoy los boirenses desconocen si se han realizado gestiones ante la Demarcación de Costas -responsable última de la salvajada ecológica- para intentar devolver a su esplendor de antaño este arenal. Aunque sea en distintas fases y en varios años. Ya no tienen excusa: disponen de mayoría suficiente, de experiencia y, se supone, de peso específico dentro de su partido para demandar ante las Administraciones amigas un proyecto tan importante para Boiro.