Matar. O ver matar. Contemplar la muerte de cerca, casi palpar como penetra en la aterradora geografía de un condenado, parece que no acaba de abandonar la madeja genética que tejen las Parcas en los adentros de nuestra carne. Ronda sobre nuestras cabezas como un halo anárquico una malsana curiosidad que impide que nuestros ojos se aparten de la visión espeluznante de los que van a morir.
En los telediarios la imagen tira de nosotros como si hubiésemos llegado a ser asnos renuentes que no mueven el músculo terco y desobediente. Cuando el machete del terrorista enfila el cuello del hombre arrodillado, la muerte nos atrae y permanecemos silentes con la pupila inmóvil de un reptil acechando a la presa que está a punto de ser devorada por la agonía helada que transita sobre la hoja limpísima del acero asesino. El noticiero congela ahí la imagen y el alma se suspende un momento para, inmediatamente, balancearse como el péndulo de un viejo reloj devolviéndonos a la vida.
Lo he notado en mi misma carne y en el río detenido de mi sangre. El otro día lo observé en un bar. No estábamos más que cinco clientes y el dueño, tras la barra, estaba a punto de tirar una caña. Sobrevino entonces la escena colgada de un televisor gigantesco. Aquel brochazo negro asiendo el destello plateado del cuchillo, circundando a otro brochazo naranja conteniendo un cofre de angustia sobre un fondo de arena dorada, suspendió el revuelo del tiempo sobre nuestras cabezas.
Un cliente se quedó boquiabierto con un café a dos dedos de sus labios. Otro, un visitador médico, veía la inminente ejecución con una página del periódico aferrada a su mano sin acabar de pasarla. Aquel otro, el del fondo, miraba al televisor aferrado a su móvil sobre el que su dedo índice se había detenido. Y una mujer con un bellísimo cabello cano cortado a lo garçon, contemplaba paralizada aquella imagen sujetando con una mano un pintalabios y con la otra un espejito enmarcado en carey. Me fijé en que el dueño desparramaba la cerveza espumando como un basilisco una catarata de globitos brillantes sobre la rejilla. Fue una casualidad. No sé por qué miré a los vivos y no a la aberración televisada.
En el momento justo, cuando el cuchillo estaba a punto de hendir la carne de aquel mártir desconocido, una esfinge de corbata, comenzó a hablar de la lista del paro y, poco a poco, el mundo renqueante comenzó a girar sobre su eje. El dueño profirió un juramento al ver a sus pies la espuma derramada. El visitador médico pasó la página del periódico y se encontró cara a cara con las esquelas. El hombre del móvil hizo su llamada y la mujer contempló sus bellísimos labios en el espejo antes de guardar en el bolso su hermosura.
Recordé entonces que en nuestro civilizado mundo occidental, la guillotina asesinó por última vez en Francia en noviembre de 1977 bajo la firma del hierático presidente Giscard D?Estaign y sin embargo, en la memoria colectiva, parecía ser cosa de la Revolución Francesa de 1789.
Hay algo que nos empuja a curiosear entre las oscuras enaguas del crimen a pesar del olor a podredumbre que destilan. La matanza de los inocentes es una impronta indeleble, la señal que en la frente de nuestra alma lucimos amenazantes avisando de nuestra vesania.