Tesoros de papel

Maxi Olariaga

BARBANZA

Ahí tienen, de cuerpo presente, ese cofre que guarda joyas de papel. Papel de oro y plata, esmeraldas, zafiros, diamantes y lapislázuli que conforman miles de compromisos, traiciones, desacatos y desencantos, penas y alegrías que concurren en nuestras vidas cotidianas y pequeñitas y van a parar a ese cofre amarillo y maltratado que se arrima a una esquina resignado a ser alimentado por la fuerza. En la penumbra caliente de su vientre metálico, bailan las citaciones judiciales con las citas de amor y los apercibimientos de embargo o desahucio con los avisos de giros postales que alguien, fuera de su contorno, recibirá inesperadamente.

Los buzones, testigos de nuestros pasos en la tierra, son entes silenciosos y honrados, que jamás revelarán nuestros secretos ni nuestros más íntimos temores. Son amigos de los que ya no quedan, de los que se cuentan con los dedos de la mano de un pirata manco. Quién no ha hundido hasta el codo en su boca desdentada su brazo, portando en la mano una carta en la que se disculpaba por un error cometido, por una descortesía inoportuna o por una desafortunada frase. Y quién no le dio a probar a un buzón las dulces noticias del amor, una cajita de besos o una confitura de ausencias y deseos de abrazar prontamente a un amigo, a un amor, a un hermano.

Saben los buzones mucho más que la historia toda de una calle, de un pueblo o de una gran ciudad sin necesitar para ello abandonar su puesto de trabajo. Es un trabajo silente y poco agradecido. Sin protestar se tragan blasfemias, imprecaciones, insultos, odios, rencores y maledicencias. Igual acogen la esperanza de un niño en la bondad de los Reyes Magos que la amenaza enajenada de un terrorista que deposita una carta bomba en el oscuro revoltijo de los deseos. Un banquero amenaza su casa desde ese buzón y, al mismo tiempo, un sobre sorpresa le anuncia que le ha tocado un sueldo mensual de tres mil euros para toda la vida por haber previamente hundido en su boca, el código de barras de la etiqueta de su café favorito.

El cofre postal permanece quieto, impasible con su mirada impenetrable fija en nuestros pasos y su boca mecánica dispuesta a ser abierta y cerrada de un portazo sin la menor protesta. Sobre las dos de la tarde el cartero da vía libre a su intestino metálico y toda la vida del barrio se desparrama como una catarata de tinta en una saca de dril, llevándose todo aquello que a su discreción confiamos. Así que el buzón se dispone a dormir un rato liberado de la responsabilidad de guardar nuestras vidas. Más pronto que tarde un atracón de anuncios de una óptica lo despertará y de nuevo volverá al trabajo de siervo fiel. Hasta que un día una furgoneta se lo lleve al desguace donde se mueren los buzones sin homenaje alguno a pesar de haber sido quienes mejor han guardado nuestros secretos. Ahí donde lo ven, todo un amigo.