La fiebre del oro

Alicia Fernández

BARBANZA

Ahora que nos desayunamos con la prima de riesgo, que no es aquella de Canarias con más peligro que una piraña en un bidé, o nos almorzamos con la palabra de Dios -léase informes de las agencias de valoración o calificación-, omnipresentes en todas las conversaciones y tertulias, cuando toca atarse los machos a lo bestia y sin anestesia, además del éxodo de nuestros JASPs (aquellos jóvenes aunque sobradamente preparados del anuncio) al paraíso alemán y a otros países de rubias cabelleras, estamos asistiendo a otra corriente generalizada que parece emular a la fiebre de oro de California de mitad del siglo XIX. Provocada igual que antaño por la falta de medios pero sin necesidad de coger el pico, la pala y la carreta.

Me refiero al ardor punitivo, casi febril y sin duda enfermizo, que les ha entrado a cuanto cuerpo hay que tenga en sus manos tocar los bemoles a la infantería, ya de por sí más ordeñada que una vaca en la postguerra española. Ahí tienen a policías locales, guardias civiles y una amplia gama de inspectores de mil y una ramas de las Administraciones, que consumen más bolígrafos que todos los alumnos de la ESO juntos. Cuando lo comentas con sus responsables te dicen que no es con ánimo recaudatorio ¿Con cuál es entonces? ¿A qué se debe esa mayor presión e intransigencia?

En primer lugar decir que creo que las normas están para cumplirse, pero con la misma rotundidad afirmo que si un agente nos siguiera, a cualquiera, todo el día y en todo lugar seguro que encontraría más de un motivo para sancionarnos. Y en el cualquiera incluyo a todos esos policías locales, guardias e inspectores que además de imponernos la consabida multa, nos sermonean y dan lecciones de moral; pero que son tan humanos, y por tanto falibles, como cualquier hijo de vecina.

En su momento apunté que sería terrible, más con el diluvio que sobrellevamos, que se usase esta estrategia para aumentar el minorado capítulo de ingresos de los respectivos organismos públicos. Un fraude de ley en toda regla, con alevosía y premeditación. También pueden ser casualidades, pero una que peina canas en las cuatro direcciones no cree en ellas.

Y ya metidos en vereda denunciar que tanto se le llena a nuestros políticos la boca hablando de los recortes necesarios, de los sacrificios que tendremos que hacer los españoles (más los más débiles), pero muy poco o nada se les escucha hablar de iniciativas para reactivar la actividad económica y la creación de empleo. De cómo lograr que bancos y entidades de crédito dejen de asfixiar a los pequeños y medianos empresarios, a los ciudadanos en general.

No todo puede ser tan negro, alguna esperanza habrá. Pero si todo el día nos hablan de lo mismo, utilizan estas cuestiones como arma política interesada, no se ponen de acuerdo más que para el salario y con la corrupción salpicando hasta el entorno de la Monarquía, qué coño nos queda para ilusionarnos.

Me decía el otro día un amigo: nunca en mi vida he tenido tanto dinero ahorrado, antes hacía inversiones empeñándome pero ahora no empleo ese dinero por si acaso.