Berberechos, el maná de Noé

El arranque de la campaña marisquera de Noia siempre ha sido como un día de fiesta


noia / la voz

Mucho, mucho antes de que Jehová, para culminar la travesía del desierto, le concediera a Moisés el maná con el que alimentar a su pueblo, Noé, agitando su cayado sobre las aguas, nos dejó como beso de despedida un maná de sal y nácar sembrado en los fondos de A Misela y de Testal. Millones de cofres redondos como copos de nieve durmieron bajo las olas mansas guardando el secreto eterno que habría de alimentar a miles de noieses.

El mejor berberecho del mundo se exhibe en estos días soleados de octubre con el descaro propio del que conoce su belleza y salta en los rastros duramente manejados con pericia por los hombres y alumbra con su albura los rostros agridulces de las mujeres que a pie marisquean doblando su cerviz, cumpliendo así con la maldición de ganar el pan con sangre, sudor y lágrimas.

Recuerdo bien en mi niñez la algarabía en el muelle y en los malecones, el ir y venir de gentes, camionetas y carros de bueyes transportando desde los barcos hasta el empedrado cientos de kilos de berberechos vírgenes que hombres y mujeres escogían según su tamaño, pequeño, mediano o grande, y apilaban como cucuruchos blancos invertidos apuntando al cielo que un año más había cumplido con el regalo del viejo Noé.

Sensaciones

Era aquella una fiesta de los sentidos en una época gris sin noticias de los dioses que nos habían abandonado a nuestra suerte. Era un día grande. Podías sentarte al lado del señor Andrés o do sancosmeiro ya que, mientras con destreza a una sola mano liaba la picadura, te invitaba a coger un montoncito de berberechos y te enseñaba a abrirlos usando como llave la bisagra de otra concha. Te daba un poco de palique con el eterno: «Non sei que tal os pagarán iste ano» y aún te despedía llenándote las manos, «lévallos ao teu avó da miña parte».

La pascua del mar

No era el mío un caso único. Era la costumbre festiva, la pascua del mar, la Nochebuena de un tiempo ya ido y ahora mecanizado y frío pero igualmente necesario e importantísimo para cubrir el déficit vital de estos amargos días que nos toca vivir. Al principio, los compradores pagaban en mano a pie de barco. Después vinieron los vales y los marineros guardaban cola la mañana del sábado en los bares/oficina acordados para cobrar lo estipulado.

Ahora, la aséptica lonja de Testal, centraliza todas las operaciones. Pero el trabajo duro que hombres y mujeres ejercen para extraer el tesoro que Noé dejó sembrado en la ría, sigue siendo el mismo y los rostros reflejan la extenuación de la jornada, aunque ahora cada quien vuelva en su coche y no andando o a remo como en aquel tiempo en el que la ansiada Navidad y su paga extraordinaria caían en octubre.

Puede que no se lo crean, pero ese rapaciño que rastrillo en mano rescata la vida blanca del berberecho en la foto que abre esta crónica sobre la campaña marisquera es Antón Avilés de Taramancos, el poeta que asido a ese rastro cruzó la mar atlántica y se asomó a Colombia la Bella por ver que había más allá de los dioses que tenían por menores en el Olimpo a los dioses celtas.

A la izquierda del joven Avilés de Taramancos adivino la figura de Pepe Iglesias que hasta el arenal lo seguía, camarada mayor y fraternal del poeta, y remató su vida como farmacéutico en la localidad de Coreses, (Zamora), donde anteriormente fuera destinado como represalia por su nacionalismo, Xosé María Ávarez Blázquez para ejercer el magisterio.

Buscar el pan y la sal

La historia es un araña de oro que teje sus hilos de seda fina en los rincones más oscuros del tiempo para que el sol descubra su irisación un día inesperado. En su tela permanecen los cadáveres incorruptos de los héroes que hoy viven entre el mar y el cielo acodados en las barras de los bares donde los ángeles juegan al billar inglés. Allí conviven poetas y marineros que sin vacilar, cada otoño, buscan en la ría el pan y la sal que en estos tiempos trágicos les niega la vida. Salve a todos ellos. Salud y fe para lograr contarlo.

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