Anda, séanme un poco sinceros y admitan que están hasta la coronilla de tantos deseos de felices fiestas, Navidades, Año Nuevo... Gente que no nos conoce de nada, como el Rey, El Corte Inglés o Telefónica nos desean, no sé por qué, que todo nos vaya de perlas. Y, en el fondo, es una gran inversión: «Feliz Año Nuevo», tres tristes palabras que cubren 365 días. O escribir en la pantalla del móvil los píos augurios, darle a la tecla de enviar a todos y quedar como un señor.
Pregunto al diccionario y me responde que la felicidad es «una situación del ser para quien las circunstancias de su vida son tal como las deseas», pero también «un estado de ánimo circunstancial del que consigue algo que contribuye a esta situación». Me gusta más la segunda acepción, ya que en la primera puedo leer desinterés por la vida de los otros y en la segunda se habla de esfuerzo.
¿Por qué en nuestra cotidianeidad, al saludarnos, lo hacemos deseándonos buenos días, tardes o noches y, en cambio, a la que se alumbran las calles, pasamos a mayores? Prefiero el «Muchas felicidades», que cantamos cuando alguien de los nuestros añade una velita más al pastel de su vida que esa abstracta invocación a la felicidad total con gorrito y espantasuegras de cotillón. Las felicidades, de una en una, pueden ser pequeñas y preciosas; la felicidad, un arma arrojadiza sobre la desventura de los otros. A la gente que queremos de verdad no necesitamos desearles un feliz Año Nuevo, ya que estaremos a su lado desde el primer día al último, codo a codo, procurando su bien y cerrando filas si las cartas son adversas. Imagino la felicidad como una palabra bordada con hilo blanco sobre ropa blanca, casi ilegible, por eso pienso: La felicidad mal aplicada.
¿Es felicidad lo que se debería desear por estas fechas? Anhelar la felicidad perpetua e invariable y convertirla en la principal meta de la existencia no parece formar parte de la naturaleza humana. El organismo no está diseñado para ser feliz o no, tanto le da, sino para disponer del estado emocional más adecuado al momento vital. No hemos evolucionado para ser felices, sino para sentirnos de la manera más oportuna. Hasta somos capaces de ser infelices si con ello somos más viables. ¿Quién no pasa muchos años soportando circunstancias poco agradables sin planteárselo siquiera, porque con ello consigue algo más importante? Aunque parezca reduccionista, no estamos en el mundo para ser felices, sino para sobrevivir a los cambios y propagar la especie.
La felicidad es un estado innato más. Emergió en el curso de la evolución al aumentar la probabilidad de supervivencia y de trascender a nuevas generaciones. Un organismo capaz de notar que está bien ante un recurso es más eficaz en su reconocimiento y búsqueda. Los pequeños picos de felicidad también son valiosos. El cerebro tiene la capacidad de reajustar las salidas de tono de los ánimos porque no conviene estar siempre ni muy bien ni muy mal. Es tan imprudente estar siempre feliz como triste. ¡Que tu ánimo sea el más eficaz para el 2011! La felicidad no se busca, se tiene o no. La felicidad mal aplicada.