Hace tiempo que los ciudadanos que vivimos a orillas de las rías gallegas las hemos entregado de manera inconsciente y sin resistencia. De forma sibilina, y nunca explicada a las claras, la pandilla de incompetentes que han regido los diferentes departamentos de Pesca, a nivel estatal y autonómico, nos han birlado la pieza más valiosa que poseíamos. Aunque ahora no lo parezca, las rías, con sus costas, playas y mares, es propiedad de todos los gallegos; con especial importancia para aquellos que habitan en ese entorno. Nuestros derechos de uso se han visto limitados, o directamente anulados, por la política populachera de nuestros políticos y a cambio de casi nada. No es que sea nuevo. Pasa con los montes. También con los ríos. En todos los casos hemos sido sumisos mientras malvendían nuestra herencia a cambio de unas comisiones o votos.
En el caso de las rías se ha llegado tan lejos que quienes explotan sus playas o aguas se comportan como dueños de las mismas, pasado de facto de usufructuarios a propietarios ¿A cambio de qué? Pues de unos mendrugos. Estos sectores siempre se han escudado en su dimensión social, con la complicidad de las Administraciones, para obviar el pago de un alquiler objetivo por el bien que disfrutan ¿Cuánto vale el alquiler de un metro de playa o de un metro cúbico de agua? En la actualidad muy poco. Casi nada. Por eso hay cofradías con millones de metros cuadrados de concesiones y unos resultados económicos penosos. Al borde de la quiebra, que de producirse pagaremos todos los gallegos ¿Cuánto valdría ese alquiler si hiciésemos una subasta pública? Mucho más, con la particularidad de que el adjudicatario, por el coste incurrido, elevaría sustancialmente el rendimiento. Desde el punto de vista del interés general, el problema del retraso en el marisqueo, también de las guerras entre bateeiros, no es que ellos dejen de ganar. Es que dejan de generar riqueza de un bien que disfrutan a coste casi cero.
Y en la pesca de bajura más de lo mismo. Como ejemplo sirva que los pescadores se quejaban esta semana de los bajos precios del pulpo en la apertura de la veda. A poco que analicemos la realidad nos encontramos con que ellos mismos incumplen en muchos casos los topes. Con ese producto abastecen a particulares y negocios de hostelería a bajo precio. Pero hay más, ellos también son conscientes de que en este no es, ni de lejos, el mejor momento para el cefalópodo. Por tanto ellos, y también la Administración, saben que los compradores solo adquirirán lo imprescindible mientras la especie no se recupere bien del desove. Por muy barato que vaya. Estos hábitos, que demuestran la falta de profesionalidad de unos e incompetencia y falta de escrúpulos de otros, los podemos trasladar a otras especies. No hay planificación ni proyectos serios. Ni mucho menos valentía y responsabilidad. Por eso agrada que en este desierto, de vez en cuando, aparezca un oasis de esperanza, como es el caso de la Cofradía de Noia. Con iniciativas de futuro, con proyectos que intentan romper la negativa dinámica de un sector que transita por la economía de la subsistencia.
Mientras me debato en este mar de dudas, pasa por delante de mi toalla un todoterreno que circula por la arena sin necesidad alguna. Y todos nos tragamos su polvo y osadía.