El espejo puede ser nuestro aliado o nuestro enemigo. Es una relación complicada que depende de muchos factores, algunos de los cuales no siempre sabemos controlar. Algo que a menudo se nos escapa es la aceptación del paso del tiempo: ir envejeciendo puede enfrentarnos con nuestro cuerpo, y esa lucha está perdida de antemano, porque hasta el momento no se conoce ningún elemento que ayude a frenar los signos de envejecimiento.
En cambio, si aceptamos que cuerpo y mente son una misma cosa y que estar de uñas con nuestro cuerpo es estarlo con todo nuestro ser, si aceptamos que envejecer es mucho más que tener arrugas, si entendemos que es un efecto secundario de estar vivos, entonces habremos dado con uno de los pilares de la felicidad y la clave para reconciliarnos con lo que vemos cada mañana en el espejo.
Los investigadores en genética auguran que posiblemente en el futuro podamos frenar el envejecimiento, pero de momento no hay nada probado. Es fácil de entender que la demanda obsesiva de potingues que frenan el envejecimiento haya estimulado una oferta de productos elevada. Dicen las cosméticas, por ejemplo, que los antioxidantes ayudan a no envejecer, y en el plano teórico debería funcionar: las células envejecen porque se oxida, si tomamos antioxidantes, no envejecerán tanto. Pero en la práctica no se ha podido demostrar que la fórmula funcione. Además, de nada sirve obsesionarse: si bien es cierto que la vitamina C aporta dosis importantes de antioxidantes, tomar en exceso no servirá de nada, porque el cuerpo acaba eliminando la vitamina que ya no puede absorber.
Estamos todavía anclados en la idea de que el cuerpo es una máquina, un objeto, cuando en realidad es un organismo que tenemos que cuidar y que no se diferencia de lo que somos. Por eso no estoy de acuerdo con la manera en la que nuestra sociedad trata a las personas de más edad: «De pronto se les dice que ya no sirven para la vida activa y es muy difícil que ellos sientan que sirven para algo si la sociedad les dice lo contrario».
La esperanza de vida se irá alargando porque hay mucha gente trabajando en ello. De momento, como no tenemos una solución definitiva, la gente se conforma con atacar los síntomas más superficiales, los que tienen más a mano. Pero llegará un día en que viviremos cien años y las arrugas seguirán existiendo porque seguiremos viviendo y tendremos que encontrar una manera de aceptar que la mitad de la vida la pasaremos con la cara marcada con las llamadas líneas de expresión, esas que nos recuerdan cómo hemos vivido.
El envejecimiento es un efecto secundario de vivir. Nos ocurre a todos, pero está mal visto, cosa que hace que muchos luchen en vano contra él. Sobre el papel, parece lógico que los antioxidantes frenen el envejecimiento pero, a pesar de los anuncios, no se ha podido demostrar. A pesar de que sentirse inútil fomenta el envejecimiento, no pararemos de decir a los mayores que ya no sirven para la vida activa.
Cuando vivamos 100 años, tendremos que acostumbrarnos a que pasaremos más de media vida con la cara arrugada pero, en realidad, hay que aceptar las arrugas.