Choqueiros y payasos

ALICIA FERNÁNDEZ

BARBANZA

Sin caer en la tentación de estigmatizar el comportamiento de la juventud, colina por la cual a menudo se tiran los adultos sin echar la vista atrás, hay circunstancias que diferencian actuaciones de hoy con lo que podríamos denominar la tradicional y natural actitud de rebeldía juvenil. De la juventud de hace miles de años y de la de hoy en día, siempre determinada por el inconformismo y el idealismo; aderezado todo ello con una sana inconsciencia provocada por la falta de experiencia. Ese ha sido, y será, el motor de la sociedad, desde las cavernas a la estación espacial. Un hecho que ya inspiraba lamentaciones en una inscripción egipcia cuando un autor anónimo se quejaba amargamente de que la juventud ya no respetaba a los mayores; que eran indisciplinados y, tétrica conclusión, que el mundo se acababa. Y hasta ahí, con mayor o menor comprensión por parte de la sociedad adulta, casi siempre en relación directa al grado de autocrítica de quien formula las objeciones, son asumibles ciertas desviaciones de lo que podríamos llamar camino ejemplar. Con la gamberrada como máxima expresión; dentro de la cual se pueden realizar múltiples matizaciones en función de si causan daño o no, de si son ingeniosas o no, de si son elegantes o no, de si provocan humillación o no? Y aquí ya encontramos la primera diferencia pues años atrás se tenían bastante claras todas estas matizaciones.

Lo ocurrido en las noches de este carnaval, al igual que en otras celebraciones, o mejor dicho, con la excusa de cualquier otra, está marcando una tendencia peligrosa. Quizás nunca ha habido tantos choqueiros divirtiéndose como ahora, ni tan pocos payasos escudándose en una máscara para hacer el burro (dicho con total respeto al cuadrúpedo). Pero el problema estriba en que ese porcentaje tan pequeño de sinvergüenzas han confundido totalmente broma o chanza, incluso la gamberrada ingeniosa, con el vandalismo más irracional. También exhibicionista ya que en muchos casos el testimonio gráfico acaba en Youtube, Facebook o Twitter. Energúmenos que queman contenedores, dañan coches o llenan de pintadas el mobiliario urbano o las propiedades privadas. Son pocos pero se emplean a fondo y cuentan con los avances tecnológicos para difundir sus hazañas, con lo cual producen la sensación de ser muchos más. Hasta el extremo de que uno solo se bastó para dañar varios coches, unos cuantos telefonillos y dejar un reguero de pintadas cual caballo de Atila armado de espray.

En vez de adoptar la solución más rápida, la prohibicionista -que considero de dudosa efectividad-, los poderes públicos, a través de las fuerzas de seguridad, deben identificar y aislar a ese puñado de gilipollas, de forma que los derechos de la mayoría no se vean restringidos por la sinrazón de unos pocos. Y en esa partida sí que hay que jugar fuerte, sin falso progresismo ni demagogia. Algo similar a lo que ocurre con la movida y el botellón: si siempre son los mismos ¿por qué no se ordenan medidas cautelares como presentarse en el cuartel de la Guardia Civil todos los sábados entre las doce de la noche y las cuatro de la madrugada? ¿O por qué no se dictan órdenes de alejamiento de las zonas de la movida?.