Los veo y me veo. Es envidiable. El pasado lunes, al atardecer, se filtraba el sol por el ventanal de una cafetería rodeada de arboleda y jardín. La gente subía y bajaba la alameda con las prisas que da el frío y el ansia exigente de esta vida nuestra. Una pareja de ancianos jugaban al parchís mirándose a los ojos mientras agitaban el cubilete. Seis, dijo él, y contó siete porque ya había conseguido liberar las cuatro fichas azules. Y repito, añadió. Repitió y una lucecita brilló en sus preciosos ojos de gato viejo. Te como esta roja y cuento veinte, susurró. No sé si habrás contado bien, respondió ella, el sol se refleja en el cristal y me ciega. Pero me fío de ti, como siempre, añadió mientras daba un sorbo al té. Él contó veinte y exclamó: También te como esta amarilla y cuento otras veinte. Si tú lo dices, murmuró ella aún con la taza de té en la mano. Eres un truhán como Julito Iglesias. Y un señor, remató él? juegas tú.
Ella, que lucía un chal precioso que él le había comprado en Singapur en los viejos tiempos de las gabarras, le miró como quien mira un retrato de Vermeer y dejó caer su dado sobre el rayo de sol que rebotaba en la casa roja del parchís dibujando en el techo un círculo de fuego. Cinco, salgo. Y dejó escapar un suspiro de alivio. Entonces alzó su mirada y se encontró con la mía varada en sus ojos. Me hizo un guiño como los que aventuraba Gloria Swanson, meneó la cabeza y siguió a lo suyo mientras él refunfuñaba por la buena suerte de ella.
Me di cuenta de que pronto ocuparía su lugar en aquella partida y mi amor sacaría un cinco que me haría dudar. Pero tendría que confiar en ella como había confiado durante cincuenta años. Me vi en aquella misma mesa agitando en el aire el cubilete y perdiéndome en el mar de sus ojos donde pasé toda mi vida naufragando alegre.
Me presentí feliz en aquel pequeño campo de juego en el que florecían y se marchitaban las fichas y los dados de la suerte, jugando como niños, dejando que el atardecer declinara por el contrapeso del sol y la luna entre los árboles. Comprendí de pronto que estaba deseando que aquello ocurriera porque todo lo bueno y lo malo ya estaba hecho. Todo estaba consumado y solamente quedaba pendiente una larga partida de parchís, un café, un té y unas pastas de convento de monjas. Y la vida fugaz del dado brincando sobre el parchís camino de la quietud eterna.