Un mes sin Miñato

MAXI OLARIAGA

BARBANZA

SARA ARES

MAXIMALIA | O |

27 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

(Para Inma) HACE YA un mes que han comenzado a desprenderse las hojas de los árboles y una alfombra escarlata tapiza el solar de la Alameda despidiendo estos últimos días chispazos de sol que, como ranas, saltan aquí y allá jugando con el aire frío del otoño. Como las hojas, la humanidad se desploma alma a alma del árbol de la vida. A veces es una caída brusca, otras un vuelo ondulado que dudando busca la tierra, el suelo final donde apoyar su desolación. Así se va quedando sin hojas el árbol de la vida, el árbol de la ciencia del bien y el mal, cita la Biblia. Cada vez que se ausenta en el viento una hoja próxima, un habitante de nuestra rama, por un momento se nos hiela la savia en las sienes y muy dentro se conmueve nuestro componente vegetal, el estigma telúrico que nos hace brotar de la tierra, y tarde o temprano nos reclama a voces volver a ella. Como el jardinero, el enterrador resuelve nuestro aislamiento final manejando la navaja helada de su pala y la tierra se alborota sobre la maceta de madera que esconde los despojos de los que fue un jardín para el amante, un refugio para el amigo y un consuelo para los viejos. La gente te cree muerto, pero no pasan muchos días, diez, quince lunas, y unas tímidas margaritas y la verde hierba asustada por el rocío de la madrugada, asoman emanadas de tu cuerpo alrededor de tu tumba. Esa es la resurrección de los muertos prometida desde el principio de los tiempos. La resurrección de los cuerpos que vuelven al aire e iguala a todos, y a todos convierte en flores, en aves, en mares y ríos. Hace un mes que de nuestra rama se ha desprendido una hoja a la que le costó adaptarse a la suspensión del árbol. Desde hacía muchos años, todos los inviernos amenazaba con irse al suelo, dejarse caer fabricando espirales en el aire, pero la madre tierra lo rechazaba consciente de su sufrimiento. A saber por qué., La hoja de Miñato que, como bien dijo Rafa García en este mismo periódico «a nadie quiso ni nadie le quiso a él», se fue aislando, palideciendo, tomando ese tono ocre de los olvidados, de los desheredados de la tierra, y su alma de rosas fue conformando al principio un cactus desafiante y agresivo al que, con el paso redondo de las veletas se le fueron limando las púas hasta desaparecer por completo. Después fue canabis dormilón y haragán, y sus últimas raíces brotaron como ababol, amapolas muertas que le hicieron buscar refugio fuera del árbol de la vida antes de que el rigor de la muerte se entreverase en sus venas a la busca de una solución final. Habitación con vistas Entonces halló una habitación con vistas. Un portal en una plaza recoleta y pétrea con una fuente a la que todos los días venían a beber y a despertarle las palomas. Pero no era un portal cualquiera. Acosado por la llamada del árbol, errante sobre el enlosado, volvió a lo más lejano de su vida. Regresó más de treinta años y se quedó a dormir rodeado de juguetes. La mañana de su entierro pasé ante el portal de Miñato y me estremeció la frialdad de su cama de piedra. Me dí cuenta de que los camiones y los rompecabezas, los rifles del Oeste y las metralletas imperiales ya sabían la noticia. Despiezado como Miñato sollozaba un tren en su caja estacionado para siempre en vía muerta. Una mosca paseaba su soledad sobre un parchís, y una caja medio abierta de lápices de colores boqueaba el aire viciado de la vitrina. Un ajedrez con sus ejércitos formados alrededor de sus reyes de madera, era el único signo posible de que con un movimiento del peón del alfil todo podría recomenzar. Desmadejado en un rincón, un pinocho me miraba con sus ojos muertos. En sus manos de marioneta se posaba la tristeza del amor perdido. Mirándole me di cuenta de que Miñato estaba absolutamente muerto entre dos camiones de latón y un Ferrari insultantemente rojo. Cuando lo encontraron frente a la puerta 31 del Curro, tenía en sus bolsillos 2,40 euros para pagar a Caronte el viaje a la eternidad. A su entierro acudió mucha gente pensado quizá que «Jehová escribe derecho con renglones torcidos». Pero para Dios yo tengo un reproche. No le dejó morir en su portal. Morir allí dulcemente rodeado de sus juguetes preferidos.