Los caballos de la luna

MAXI OLARIAGA

BARBANZA

MAXIMALIA | O |

13 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

A MEDIODÍA, cuando me sobran dos duros, suelo tomar un té en una cervecería que abre sus ojos de cristal al Guindastre y al muelle de O Marqués. Según el humor de la luna, el paisaje es un lodazal herido por centenares de vasos rotos sobre el que caminan cuidadosas las garzas, o la plenitud de la mar que empuja desde monte Louro las aguas hacia la costa. Es en lo que más se parece Noia a lo insondable del alma humana. Hay dos Noias: la del fango apestoso, el denso aluvión de las blasfemias naturales vertidas durante siglos; y la del esforzado galeote de sí misma, que es la mar empeñada en empujar, ocupar, volver por fin a casa e instalar la liquidez de sus espejos en el hogar del que ha sido desahuciada. Hay dos Noias, sí. Quizá, haya tres o tantas como almas discurrimos por sus calles. Tantas, tal vez, como ojos que la miran cada día o manos que acarician sus esquinas de piedra. Por eso la conducta de este pueblo es tan poliédrica y tan dual como el síndrome de Jeckill y Hyde. Todo aquello que pueda imaginar la mente encuentra enseguida un sosias en el que mirarse. Sea teatro, coro, liturgia, ancianidad...; todo se divide en dos como salido de las manos mágicas de un prestidigitador invisible. Aun el propio concepto de división es controvertible ya que, según se mire, se trata de multiplicar por dos. Esta extraña tentación, que convive como su sombra con los habitantes, podría ser una catarata de energía, un fogonazo de luz intensa que nos hiciera mejores, más creativos y solidarios. Pero el intento es vano. Cuando se enciende una luz en Testal, otra se apaga en San Breixo, y mientras unas manos acarician a un niño en su cuna, otras violentan su hermosura en los juzgados. Es, quizá, la historia del mundo. El tormento de Sísifo, condenado por los dioses a subir una gran piedra a la cima de una montaña para salvarse. Cuando estaba a punto de lograrlo, la roca, como agua, huía de sus manos monte abajo, y Sísifo, el proscrito, intentaba nuevamente lo imposible. Desde los ventanales de la cervecería, o sentado sobre el pretil del malecón, a poco que lo intente, puede ver a los dos caballos de la luna. Uno se lleva el agua y otro, pacientemente fiel, vuelve a traerla a sus lomos hasta cubrir la indecente desnudez de nuestra ría. El grabado que Mariña Calvo Durán realizó con tan sólo 9 años me ha hecho meditar sobre estas cosas y he llegado a la conclusión de que yo mismo soy un mal ciudadano, pues podría estar haciendo algo útil en vez de plasmar en papel mis reflexiones. Pero soy noiés y no he tenido más remedio que enfrentarme a mi otro yo seducido por la eterna batalla de los caballos entre sorbo y sorbo de té. Nota para descreídos: a unas mentes calenturientas se les ocurre el proyecto contra natura de tender un puente con intenciones de apisonar vidas y paisajes. Solución: otro puente más grande, más largo, más... ¡Pobre Sísifo! ¡Pobres caballos de la luna!