LA LLAVE
23 jun 2003 . Actualizado a las 07:00 h.HACE AÑOS, muchos soñaban con que una día la llamada de un notario con acento yanqui le dijera que era el heredero de un familiar americano. Así, de golpe y porrazo, sin comerlo ni beberlo, uno era millonario o víctima de las deudas de un pariente desconocido. Bueno, en realidad, las herencias siempre son bien recibidas, aunque, por lo general, sean la consecución de la muerte de un ser querido. Pero, ya saben, hay a quienes no les gustan nada y, si pueden, las dejan morir en el olvido, pensando que ahí esquinadas no existen. Podrán deducir que me refiero a las herencias políticas, es decir, las obras, los servicios, las consecuciones de los antecesores en los cargos. No me cabe la menor duda de que es un error despreciar la gestión recibida, porque también es función de los «herederos» administrarla bien. El pueblo, por lo general, castiga el abandono en las urnas...