Justo en el centro del triángulo mágico que forman Allariz, Xinzo de Limia y Celanova, se halla Sandiás. Allí, en Couso de Limia, una aldeíña de las que aún conservan en sus tejados y veletas los versos de Celso Emilio Ferreiro, nació este hombre cabal, paciente y cuidadoso, prudente y sosegado: Felipe Traveso García. Fue niño de billarda y trompo junto al ganado del abuelo. Niño de padre en Alemania toda una vida. Niño de casa gallega, de artesa y lareira desde octubre hasta mayo. De los que pudo estudiar sin olvidar las tareas. Por eso, cuando en Ourense completó Magisterio, alternaba lo académico con las guardias en el garaje de su tío siete días a la semana. Pero antes de eso, antes de hacerse maestro y comprender que la enseñanza no era lo suyo, sucedió en su vida un hecho singular e inesperado. Tan pronto remató la EGB, ingresó en los Salesianos de Cambados a completar sus estudios y hacerse un cura de provecho. En aquel seminario dejó huella de buen muchacho, capaz y servicial, atento a las cosas del Señor... pero la Iglesia dormitaba aún y por aquí ningún prelado se había leído las premoniciones que Juan XXIII auguraba con respecto al declive de las vocaciones, así que al rematar el COU, una tarde espléndida de julio, llegaron cartas del seminario. Buenas noticias para la humanidad. A nuestro Felipe, la Iglesia no lo consideraba suficientemente afecto. Es decir, no tenía vocación. Repuesto de aquel susto, años más tarde, al descubrir también su deslinde con la enseñanza, fogueado por la mili, despertó el hombre nuevo. Los socialistas levantaban España de su postración y necesitaban muchos felipes -nunca mejor dicho- para dinamizar la vida pública y echar a andar las chirriantes ruedas de la máquina estatal, sin engrasar desde la República. Opositó a funcionario judicial y los buenos cimientos culturales le restituyeron su esfuerzo. Hoy, desde la atalaya que da el tiempo no perdido, recuerda emocionado su primer destino en Sanlúcar de Barrameda. Descubrió un mundo nuevo y a un agente judicial descendiente de las grandes familias andaluzas, soltero y campechano que lo llevó a beber manzanilla bajo las carpas exclusivas en las carreras de caballos en los arenales. Comprendió enseguida a los sureños. A su amigo, portador de una nariz a lo Cyrano, le llamaban el Chato. Y de ahí, a Noia. Lleva ya once años entre nosotros. Sus hijos son noieses. Felipe Traveso no pudo ser pescador de almas, pero alguna noche aún siente la llamada: «¿Quo vadis, Saulo?»