Dos amigos personales del infortunado; Antonio Núñez Patiño, propietario del café antes citado, y Eugenio Paz Fernández, relojero de profesión, que habían salido en su busca en una potente moto que poseía el segundo y que llevaban muchas horas sin poder encontrarlo, llegaron cuando ya Manolo García había sido enterrado en una fosa común junto con otros infelices tiroteados en la zona: Mientras tanto, los hipócritas santurrones que querían un dios a su medida al que no vacilarían en traicionar con tal de conservar sus miserables rentas, murmuraban regocijados: «Esta noche, han caído unos cuantos rojos». Sé que hubo sacerdotes verdaderamente cristianos que salvaron a muchos obreros de morir asesinados (uno de estos salvadores fue el párroco de Carreira don Francisco Vara); pero tampoco faltaron los torquemadas de turno que hablaban desde sus púlpitos de «denunciar a los republicanos para segar las malas hierbas», instigando al crimen mientras invocaban el nombre de Cristo Rey: hay que decirlo con toda crudeza. ¿Era así como se enseñaban los Mandamientos de la Ley de Dios?. Pero ¿cómo convencer a la gente de que aquellos que llevaban bajo palio al mayor genocida de la historia de España predicaban la verdad? ¿Quién no sintió náuseas ante tan repelente, grotesco y bochornoso espectáculo? Con el mismo coraje que pone una leona en defender a sus cachorros, así luchó mi madre para salvar a sus hijos. Aquella mujer admirable, aquella heroína que sólo lloraba delante de nosotros cuando no tenía pan para darnos, parecía poseer una energía sobrenatural. Inasequible al desaliento, valerosa y resuelta, nunca permitió que tanta adversidad pudiese vencerla. Sólo la tenacidad de una madre como ella hizo posible nuestra supervivencia. Ha pasado mucho tiempo; pero aquellos nueve niños que fuimos condenados a pedir limosna por las puertas del mundo; que estuvimos sojuzgados por el miedo, por la angustia, por el hambre y la desesperación -recuerdo semanas enteras sin poder probar un pedazo de pan-; aquellos niños que hemos salido adelante lanzando gritos de dolor, no podremos callarnos jamás. Porque permanecer en silencio, sería tanto como tener que pedir perdón todavía por el mal que nos han hecho.