Desfile de ofrecidos en Pobra

M. A. RIBEIRA

BARBANZA

Unas cincuenta mil personas asistieron o presenciaron la procesión de As Mortaxas, en la que se portaron dieciséis ataúdes Dieciséis féretros -once de adultos y cinco infantiles- y miles de ofrecidos ataviados con túnicas moradas, desfilando descalzos, portando velones o exvotos de cera, pusieron la nota característica a la procesión de As Mortaxas que ayer se celebró en Pobra. La organización situó en torno a las cincuenta mil personas la afluencia de público que participó o presenció el acontecimiento religioso.

17 sep 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

La procesión salió de la iglesia de Santiago do Deán con un invitado de excepción, José Cuiña, al que costaba creer que en la villa pudiesen concentrarse cincuenta mil personas para acompañar al Nazareno. Y delante de la imagen desfilaban los ataúdes que tanto caracterizan al acontecimiento, con los niños y adultos «rescatados de la muerte» caminando justo detrás de cada caja. Así se cumplía el rito que hace cinco siglos instauró el regidor Juan de Liñares en O Castelo. La huellas del sufrimiento aún se podían apreciar en el rostro de algunos ofrecidos que transitaban por el medio de la procesión. Y es que el menor de los que acudieron a Pobra a agradecer el favor divino no pasaba de los dos meses de edad: niños, mayores, hombres, mujeres, ricos y pobres, pocas veces fueron tan iguales como ayer en medio de la procesión de As Mortaxas. La presidencia del desfile fue cedida por el arcipreste de Postmarcos, Nicolás Garrido, al jesuita José María Díaz de Rábago, primo de la condesa de Fenosa, Carmela Arias, que, como todos los años, no se perdió la cita pobrense en la que participó por activa y por pasiva, lo que le valió el reconocimiento habitual en el portal de la entrada a su residencia de la Casa Grande de Aguiar, donde bailaron en su honor grupos folclóricos de la villa. Devotos de toda España -incluso de Tenerife- llegaron a la villa en cerca de doscientos autobuses y centenares de coches. Luego se integraron en una procesión de 1,5 kilómetros de largo y una duración de tres horas, que tuvo su punto culminante en el barrio de A Covecha, cuyos vecinos dedicaron al Nazareno una traca de unas 1.200 bombas.