Severino, el rey del chimichurri que tiene un corazón prestado
VILAGARCÍA DE AROUSA
Trasplantado y a pie de fábrica a los 87, él y sus hijos inventaron desde Caldas de Reis las exitosas salsas Lorri y productos incombustibles como el «Chimipan»
04 may 2023 . Actualizado a las 16:45 h.Lo cuentan sus hijos y él mismo entre risas, pero convencidos de que debe ser cierto que a Severino Lorenzo Ríos, natural de Vilagarcía de Arousa, cuando los médicos le abrieron el pecho para trasplantarle el corazón, a finales de los años noventa, «le debieron poner uno de alguien bueno y joven». Porque, con algún que otro achaque de por medio, ahí sigue él a los 87 años visitando la empresa familiar que él y su mujer, Mari Carmen Montenegro, levantaron y que ahora comandan sus hijos Rosa y Diego. Porque Severino, buen ejemplar de una generación de emprendedores hechos a sí mismos, es el inventor de una exitosa salsa chimichurri, que se comercializa bajo la marca Lorri —un nombre que sale de juntar las sílabas de sus apellidos—, y que es uno de los buques insignia de una empresa que no deja de innovar. De ahí que también se haya sacado de la manga el Chimipán, que es pan rallado con chimichurri, y otras salsas que tratan de abrirse paso en el mercado nacional.
Vayamos hasta la aldea de Cornazo, en Vilagarcía, donde el padre de Severino, con el mismo nombre, abrió en su día una taberna que se llamaba Central. El hombre daba salida a su propio vino en la tasca, importaba productos en boga y, de paso, le iba metiendo el gusanillo en el cuerpo a su hijo que, con 25 años, puso en marcha un pequeño colmado familiar. Corrían los años sesenta, aquellos en los que España intentaba sacudirse las miserias de la posguerra y Severino aprovechó esas ganas de prosperar que reinaban en el ambiente para introducir productos nuevos como la costilla congelada o los vinos de barril.
Operaba desde las viejas naves del puerto de Vilagarcía, el antecedente de la actual Fexdega, hasta que fueron derribadas y el negocio tuvo que volar. Se asentó desde entonces en Caldas de Reis, concretamente en Godos, donde actualmente continúa. En los años ochenta las cosas vinieron mal dadas y la firma se tambaleó. Pero Severino y Mari Carmen, ya con sus hijos arrimando el hombro en la empresa, acabaron saliendo adelante y se convirtieron en un proveedor esencial de algunas fábricas conserveras o cárnicas. Vendían en exclusiva productos como Azafranes Pote.
El corralito argentino
Es curioso cómo la familia de Lorri se dio cuenta de que su negocio tenía que pivotar sobre esa salsa para el churrasco que Severino se había inventado y que llevaba aceite de oliva, ají argentino y hojilla de pimentón. «Llegó todo el tema de la crisis de Argentina y luego el corralito y Galicia se llenó de argentinos que montaron asadores de carne. Nos llamaban pidiendo nuestra salsa y ellos la denominaban chimichurri. Hasta entonces, ni le llamábamos así. Vimos que tenía éxito y tiramos por ahí», cuenta Diego, hijo de Severino.
Desde que pasaron de la distribución de productos a la fabricación, con el chimichurri como primera creación, la familia de Severino no dejó de parir productos. Lo cuenta él con entusiasmo: «Tenemos muchísimas cosas», dice. Su hijo Diego completa la frase y habla de que lo que más venden es el pan rallado, ya que fabrican tanto con Lorri como para marca blanca. También tienen éxito sus salsas PiriPiri, hecha con ají, cayena, tomate y pimientos y que hace sentir una inmediata sensación de picante en el paladar; la Pirijal, a base de jalapeños y que según explican sus creadores «trae a la memoria los pimientos de Padrón»; o el Chimipán, un pan rayado grueso mezclado con chimichurri que, al parecer, le da un sabor descomunal y un a textura súper crujiente a los empanados.
Severino está orgulloso del trabajo hecho. Y de que todas las tardes pueda pasarse a echar un ojo a su fábrica, donde trabajan ocho personas. Pero, sobre todo, se siente feliz de que la familia permanezca unida cuando la vida lo pone todo del revés. Porque su mujer, Mari Carmen, se echó a la calle a vender, siendo una de las primeras mujeres comerciales de Galicia, cuando en los años ochenta él enfermó del corazón. Y ahora es su hija Rosa, que perdió hace 19 meses a su marido Pablo, también puntal de Lorri, a una edad precoz, la que pelea con una valentía inmensa por seguir con el negocio junto a su hermano Diego y por sacar adelante a sus hijos. Dice Rosa que ese es el verdadero corazón de la empresa. Y dice bien.