Cuando Vilagarcía era proveedora de la Real Casa

La Perla de Arousa es regia con pedigrí y Sanxenxo es monárquico de nuevo cuño


redacción / la voz

Cuando a principios de la década de los 90 del siglo pasado, la familia Beiras cerró su pastelería para abrir en el mismo local la tienda de regalos Xunco, muchos sentimos una pena muy honda porque acabábamos de quedarnos sin unas empanadas dulces que sería difícil volver a probar.

Los Beiras horneaban unas empanadas de frutas, cremas y otras golosinas que se derretían en el paladar y quienes las comimos en aquel tiempo, quedamos marcados por ellas y aún hoy, cuando entramos en alguna pastelería, pedimos una porción de empanada dulce por probar suerte e intentar recuperar el sabor de las de la familia Beiras. Pero no hay manera. Esas empanadas son como las croquetas de nuestras madres o el caldo de nuestras abuelas: irrepetibles.

Aquellas empanadas tenían, además, el peso de la tradición. En Establecimientos El Hogar, la tienda de antigüedades de la familia Porto, se exponían en un pequeño e informal museo las antiguas bandejas de tartas, hechas en cerámica exclusiva, de la confitería de los Beiras. Había también otras bandejas de cerámica con la firma de antiguos pasteleros vilagarcianos como los Pumariño y los Moquecho.

Las bandejas originales y personalizadas de los Pumariño y los Moquecho tenían más de un siglo de antigüedad y una leyenda grabada, tan honorífica como significativo, que ratificaba la calidad histórica de la repostería de Vilagarcía de Arousa: «Proveedores de la Real Casa», lo que significa que las familias de Alfonso XII y Alfonso XIII ya endulzaban sus desayunos, postres y meriendas con los pasteles, tartas y empanadas que se horneaban en Vilagarcía.

Mucho se habla últimamente del posible regreso del rey emérito a España y su deseo de instalarse en Sanxenxo, villa veraniega con la que tiene mucha relación por la vela. Pero esa conexión real con Sanxenxo es muy reciente, muy de nuevo rico. En nuestra comarca, la villa realmente monárquica de tradición siempre ha sido Vilagarcía. Y no solo por las tartas que enviaban a palacio Pumariño y Moquecho.

Desde hace siglos, la mesa del Rey de España ha estado bien surtida de productos arousanos. Cuentan los tratados que las ostras de Cambados viajaban hasta Madrid refrigeradas con ingeniosos procedimientos para que disfrutaran de ellas en la Corte. Arousa nunca dejó de estar presente en la mesa de palacio con vinos como el albariño Pazo Quinteiro da Cruz, criado en Lois-Ribadumia por Pedro Piñeiro, o las conservas que elaboraba Jesús Lorenzo en su pequeña fábrica de Carril.

La relación de la monarquía con Arousa se intensificó a principios del siglo XX, cuando los reyes empiezan a visitar Vilagarcía esporádicamente. En esas fechas, la isla de Cortegada fue donada al monarca, el Club de Regatas de Galicia adoptó el título de Real y el propio Alfonso XIII fue nombrado presidente de honor de esa institución social vilagarciana. Cuentan que, por esos años, visitó Alfonso XIII Vilagarcía y se dirigió al Club de Regatas, donde lo recibió Frutos Cerecedo, a la sazón, secretario de la entidad. El monarca, campechano, cogió del brazo a Frutos y le dijo: «Venga presidente, vayamos juntos a tomar un whisky». Cerecedo replicó modesto que él solo era el secretario y el rey le respondió: «Ah, entonces es usted el que más manda. Vamos a por ese whisky». Frutos Cerecedo no tenía claro lo de beber con el monarca y le confesó: «Es que yo soy republicano, Majestad». Pero el rey lo desarmó con ironía: «Hombre, si es por eso, no hay problema, yo también soy a veces un poco republicano». Y se fueron a tomar el whisky.

Tras la muerte de Franco y la restauración de la monarquía, retornaron los reyes y los príncipes a Arousa. Don Juan de Borbón atracaba por aquí con su yate Giralda y no dejaba de cursar la correspondiente visita. Y la misma costumbre tenían Juan Carlos como príncipe y su hijo Felipe, mientras se formaban en la Escuela Naval de Marín. La visita más significativa fue la del rey Juan Carlos cuando, en viaje oficial a Santiago, decidió acercarse a Vilagarcía. Fue en unos momentos difíciles, cuando el narcotráfico estaba en auge y la visita del Rey entrañaba mucha simbología.

Hace más de veinte años, un día de otoño de 1997, pasé la tarde en Vilagarcía con Elías Lamelas, amigo, compañero de instituto y, a la sazón, cónsul de Filipinas en Galicia. Comimos en el Pequeño Bar y, profesores los dos de literatura, decidimos tomar café en el lugar más dickensiano, decadente y novelesco de Vilagarcía: el Real Club de Regatas. Entramos, nos arrellanamos en un sofá, tomamos un café comme il faut, es decir, muy dulce, muy negro y muy caliente, servido en tazas de porcelana inglesa que reposaban sobre mesitas de madera de la India y, antes de marcharnos, estuvimos husmeando por las repisas, de fotografía en fotografía: aquí, una dedicada por Franco en el año 49; allí, otra con la rúbrica de Cela o de don Juan de Borbón. Y la perla: una fotografía por la que cualquier coleccionista pagaría lo que fuera: en ella aparece el rey Juan Carlos cuando era un mozalbete y escribe de su puño y letra una dedicatoria que firma así: Juanito. Como ven, Sanxenxo es monárquica de nuevo cuño. Regia con pedigrí, Vilagarcía.

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