Gloria y laca eterna para el tupé de Ricky

La música, la estética, siempre han sido su gran salvavidas. Es el último «Teddy Boy» de la provincia


vilagarcía / la voz

Con apenas quince años hizo una de las carreras más largas y estresantes de su vida. Corría por su vida. O, al menos, por zafarse de una paliza. Escapando de cuatro o cinco valientes que le perseguían por la plaza de O Castro de Vilagarcía puño en alto. «Alzaron la mano derecha y dijeron ‘a por el rockabilly’», recuerda. ¿Su pecado? Ser distinto. A esas alturas de su vida ya tenía muy claro que no es fácil estar fuera del rebaño. Lo comprobó de primera mano en el colegio y, más aún, en el instituto. «Son lecciones que te da la vida», dice. Hoy, esas «lecciones» estarían tipificadas como bullying. Se llama Ricardo García Pazos (Roterdam, 1-03-1971) y es el último Teddy boy que queda en la comarca de O Salnés.

 Él siempre lo tuvo claro. Sus padres habían emigrado a Amsterdam, de hecho él nació allí, y la discografía que regresó con la emigración marcó su vida. «En mi casa había muchos discos y cuando escuché ese tipo de música allí me quedé anclado. Y con la estética empecé poco a poco», recuerda.

Ricky comenzó a moverse por ahí con gente mayor que él. «Ellos ya estaban metidos en ese mundillo. Aquí en Vilagarcía era muy complicado. La gente me miraba raro. Yo pasaba de lo que comentaban de mí. Hacía mi vida. Si te parece bien, perfecto. Si no, pues nada», recuerda, e insiste en que no piensa cambiar: «Para mí es una forma de vida. Una forma de vida total».

«Mis padres al estar en Holanda vieron muchas cosas, pero yo no sabía cómo iban a reaccionar. De aquella bajaba al portal, donde hay un espejo muy grande. Me llevaba mis cosas y me peinaba allí y salía. Hasta que un día, así como salí, entré. Nos sentamos en la mesa y mi padre se me quedó mirando. Se echó a reír y me dijo: ‘¿Qué, acabaron o empiezan los Carnavales? Tranquilo, que yo sé desde hace tiempo que vistes así. Pero dímelo, no te escondas’. Lo aceptó sin problemas. Yo no iba a cambiar».

Las salidas nocturnas fueron el siguiente paso. «Aprendí a bailar yo solo. Aprendí a base de que se rieran de mí. Cuanto más se reían, más lo hacía. Hasta que le fui cogiendo el tranganillo», dice. Nunca tuvo dudas de que esta es su forma de vida. Y lo adapta también a su vida laboral.

«Hay gente que aún me sigue mirando. No creo que ahora sea por maldad, es más bien por curiosidad», sostiene. «Disfruto, y de vez en cuando aún me ponen por ahí algún tema de los que pido», dice. Claro, había que preguntar qué grupos o intérpretes son indispensables para él. Ricky no lo duda: «Eddie Crochan, por encima de todos. Está por encima de Elvis», asegura, antes de apuntar, por si acaso, que «de los cincuenta me gustan todos».

No le hace ascos a nada. Incluso al rock callejero. A Ricky, en realidad, le gusta la vida de los 50. La de los 50 en Estados Unidos, claro, que aquí los 50 fueron otra cosa. Evidentemente, su colección de discos no es pequeña. Se surtía de ellos en Surco, Euterpe o Vázquez Lescaille, míticos establecimientos hoy desaparecidos todos ellos. «Me regalaron hace poco unas joyitas. Empecé a coleccionar con trece o catorce años. Vinilos. Soy muy clásico para la música. Soy amante de la aguja. El sonidito ese, que no me lo quiten», afirma.

El movimiento rocker no se ha muerto, ni mucho menos. Hay quedadas por muchas zonas de España a las que lamentablemente Ricky no puede acudir porque actualmente está en el paro. «El último al que fui fue en el 2008 a Oporto, en una autocaravana para ver a Wanda Jackson. Me traje una foto firmada por ella y le pude dar la mano. Eso para mí fue.... bufff. Una leyenda vida», recuerda

De los triunfitos y compañía prefiere no hablar. «Me pones en un dilema. Me parece bien que se le den oportunidades a las personas. Si realmente lo sienten, bien, pero hay de todo. Hay que darle una oportunidad a todo el mundo», dice. A él, le quedó la espina de no haber aprovechado la oportunidad de tocar algún instrumento. 

Ricky, en realidad, tiene una clave que lo puede explicar todo. «Si canciones que tienen cincuenta o sesenta años le siguen llamando la atención a la gente cuando las escucha, los temas old school, es porque se valoran», concluye.

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