La cara más desconocida de Cortegada

La isla fue propiedad del monasterio de San Martín Pinario durante varios siglos


vilagarcía / la voz

Hoy es de dominio público, gracias a la insistencia de la ciudadanía, que evitó que allí se perpetrara un dislate urbanístico, pero la historia de la isla de Cortegada guarda sucesos más que curiosos. El Arquivo do Reino de Galicia publicó en su muro de Facebook hace unas semanas uno de esos episodios: su cesión al Monasterio de San Martín Pinario.

Fue el arzobispo Xelmírez quien confirmó la cesión de la isla, así como de varias iglesias (entre ellas las de San Vicente do Grove y la de Santa Baia de Arealonga). Lo hacía en un documento en pergamino, que forma parte de la colección documental de César Vaamonde Lores, que fue adquirida por la Xunta en 1990. La frase concreta sobre Cortegada que aparece en el documento, que data del año 1115 es: «Similiter insulam de Cortegatam integram, cum omni debito nostre ecclesie et cum suo cauto» (Cortegada la misma isla completa con todas las obligaciones de nuestra iglesia y su prudente).

Tras aquella cesión del siglo XII hubo todavía de pleitear el monasterio en la Real Audiencia de Galicia para recuperar su propiedad, que estaba ocupada por Bartolomé Calvo y otros, según consta en los fondos de la Real Audiencia de Galicia. Sucedió a comienzos del siglo XVII.

Tres siglos más tarde, comenzó a gestarse lo que pudo haber sido su certificado de defunción. En 1910, tras una cuestación popular, los vecinos tuvieron que abandonar sus casas tras cedérsela a Alfonso XIII. La isla siguió en manos de la Corona hasta los años setenta, cuando su entonces propietario don Juan de Borbón la vendió a una inmobiliaria por sesenta millones de pesetas. En los ochenta se constituía la Comisión pro Cortegada, pero habría que esperar al 2007 para que la isla volviese a manos de los vecinos de Carril.

Todos aquellos pueblos que llegaban a Galicia en expediciones comerciales o con intenciones más guerreras, tenían en la isla de Cortegada una de sus paradas. Fenicios, griegos y romanos pasaron por ella y fue uno de estos últimos, Plinio el Viejo, quien la nombra como Corticata.

La presencia de los romanos fue habitual. Así lo explicaba hace cuatro años José Antonio Fernández, quien entonces era el director conservador del parque, después de que un vecino de Carril entregara una ánfora romana que se había encontrando en la isla. «Empregábanse para levar ostras en escabeche, que sábese que lle gustaban moito a Plinio», explicaba Fernández en una reunión en el auditorio.

La parte más atractiva, sin embargo, puede ser la etapa del asedio de las hordas del norte. Las incursiones vikingas en busca de los tesoros cristianos se sucedieron entre los siglos VII y XII, pero la que atañe a Cortegada sucedió en el 1014, con Olaf Haraldson al mando. Murguía en sus escritos contaba las andanzas del normando por las tierras gallegas hasta que fue vencido por el rey Alfonso V, que lo obligó a regresar a su tierra. Lo curioso del caso es que, al parecer, a Olaf le gustó Cortegada e hizo de ella su sede de operaciones. Más tarde se convertiría al cristianismo y llegaría a ser rey de Noruega y hasta santo. Se cuentan varios milagros en su haber. Uno de ellos relata que, después de muerto, un ciego se encontró con su cadáver en un cobertizo y que, al frotarse los ojos con su sangre, recuperó la vista.

Fenicios, griegos, romanos y hasta vikingos pasaron, y pararon, en la isla arousana

Fue el arzobispo Xelmírez quien confirmó la cesión de la isla y de varias iglesias

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La cara más desconocida de Cortegada